En la noche del 4 de mayo de 2022, una explosión despertó un campamento guerrillero en el estado fronterizo de Zulia, en Venezuela.
La bomba, instalada por manos desconocidas, cobró la vida de uno de los hombres más buscados en Colombia: Miguel Botache Santanilla, alias “Gentil Duarte”, comandante de la red de disidencias más numerosa y con mayor poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), grupo guerrillero ya desmovilizado.
Durante décadas, Venezuela fue un refugio para los comandantes de las FARC, cuya guerra insurgente para derrocar al gobierno colombiano se inició en los años sesenta. Altos comandantes como Duarte podían vivir sin temor bajo la protección del Estado venezolano en cabeza del presidente Hugo Chávez y de su sucesor, Nicolás Maduro. Pero Duarte fue el cuarto alto comandante de las ex-FARC asesinado en Venezuela en el transcurso de un año.
Los asesinatos comenzaron cuando Venezuela se convirtió en terreno de batalla de dos facciones rivales de disidentes de las FARC, cada una de las cuales sostenía que era la verdadera heredera de las FARC y por lo tanto intentaba tomar el control de los antiguos territorios, alianzas y economías criminales de las FARC en el país. La rivalidad entre dichas facciones, las muertes de líderes en ambos bandos y la persecución incesante de las fuerzas de seguridad colombianas, han sembrado el caos y la confusión en estas dos redes.





