miércoles, junio 19, 2024

El Comandante Lula da Silva seguirá combatiendo… pero en prisión

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Ya llevaba más de media hora hablando, esculpiendo cada frase como si estuviese destinada a los libros de historia. Durante un largo pasaje, emuló incluso el célebre «I had a dream» de Martin Luther King. Sobre el camión que le servía de palco, se había fundido en abrazos con políticos de varios partidos, sindicalistas, músicos y hasta curas. Luiz Inácio Lula da Silva hizo entonces una pausa ante los cientos de personas congregadas frente al edificio del Sindicato de Metalúrgicos del área metropolitana de São Paulo y anunció: «Soñaban con la fotografía de Lula preso, van a tener un orgasmo múltiple. Pero voy acatar el mandato». Aunque antes se preocupó de dejar claro: «La muerte de un combatiente no para la revolución».

Acabado el discurso, Lula, condenado a 12 años de cárcel por corrupción, aún se hizo esperar. Fue llevado de nuevo a hombros hasta el edificio donde había estado refugiado en los dos últimos días y almorzó por última vez con su familia. Sobre las 17.00 de la tarde (22.00 de la noche en España), se dispuso a salir en un coche, pero decenas de militantes bloqueaban la salida y gritaban que no le iban a dejar marcharse. Volvió al edificio y la situación se prolongó durante hora y media, en un ambiente muy tenso. Al final, el expresidente salió a pie y, entre empujones, se subió a un vehículo blindado de la policía. Eran poco después de las 18.40 de la tarde y Lula quedaba técnicamente detenido. Sobre las 20.00 llegó a la sede de la Policía Federal en São Paulo para someterse al preceptivo informe médico. Otro grupo de ruidosos militantes le esperaba allí. Solo se demoró unos minutos para salir en helicóptero hacia el aeropuerto de de Congonhas, donde lo esperaba un avión rumbo a Curitiba, la ciudad en la que cumplirá condena.

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Cuando el pasado jueves fue decretada la prisión inmediata del expresidente de Brasil, su implacable acusador, el juez Sérgio Moro, intentó mostrar un gesto de magnificencia. «En atención a la dignidad del cargo que ocupó», Moro dio la oportunidad al expresidente de presentarse de forma voluntaria antes de las cinco de la tarde del viernes. Lula, desoyendo las voces de numerosos dirigentes del Partido de los Trabajadores que le pedían que se declarase en rebeldía, incluso que buscase refugio en una embajada extranjera, optó por entregarse. Pero quiso dejar claro que él iba a poner las condiciones y elegir el momento. Y que su despedida de la libertad se iba a convertir en un baño de masas y en acto cargado de simbolismo.

Así que, tras dos días atrincherado en el sindicato, Lula salió sobre las 10.30 de la mañana para asistir a una misa en memoria de su fallecida esposa, celebrada allí mismo, en plena calle, sobre el camión instalado la víspera para servir de escenario a los discursos políticos de sus seguidores, entre las banderas rojas de los militantes y con la participación de un nutrido grupo de músicos. Terminada la ceremonia, el expresidente tomó el micrófono y comenzó con las despedidas, que dieron paso a un discurso vibrante, tan cargado de reproches para sus acusadores como de frases solemnes. «Yo no soy un ser humano más. Yo soy una idea», llegó a proclamar. «Mis ideas ya están en el aire y nadie las pondrá encerrar. Ahora vosotros sois millones de lulas».

 

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