sábado, marzo 7, 2026

Con caminata recuerdan 50 años de masacre “Los Horcones”.

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26 junio 2025

JUTICALPA, OLANCHO. Cincuenta años después, los ecos de los disparos aún estremecen la memoria colectiva de Olancho. El 25 de junio de 1975, una tragedia teñida de sangre y represión marcó para siempre el rostro de la lucha campesina hondureña: la masacre de Santa Clara y Los Horcones, perpetrada en una hacienda de la aldea de Lepaguare, dejó un saldo de catorce personas asesinadas, entre ellas dos extranjeros, cuyos nombres y luchas hoy vuelven a ocupar un lugar de honor.

Con una caminata conmemorativa y un servicio eucarístico encabezado por el obispo de Trujillo, monseñor Henry Ruiz Mora, familiares, amigos y miembros del clero de Olancho rindieron tributo a los mártires de aquella fecha. Bajo el sol abrazador de junio, las voces de sacerdotes, campesinos y activistas no solo recordaron a los caídos, sino que también renovaron su llamado por una reforma agraria justa y pendiente.

El rostro humano de los caídos

De los catorce fallecidos, dos eran mujeres: Rut Argentina García Mallorquín y María Elena Bolívar Vargas, esta última una ciudadana colombiana empleada en una agencia bancaria del rubro cafetalero en Cali. Junto a ellas murieron Arnulfo Gómez, Alejandro Figueroa, Máximo Aguilera, Fausto Cruz, Francisco Colindres, Lincoln Coleman, Óscar Ovidio Ortiz y Juan Benito Montoya.

A medio siglo de distancia, sus nombres no han sido olvidados. Un monumento erigido en el valle de Lepaguare recuerda su sacrificio. Sus rostros, grabados en piedra, miran hacia el horizonte, como símbolo de una lucha que, lejos de apagarse, sigue vigente.

¿Perdón sin justicia?

Uno de los puntos más sensibles del acto conmemorativo fue la pregunta sobre si ha existido algún tipo de reparación o perdón institucional hacia las familias de las víctimas. La respuesta de la Iglesia fue contundente: no. Monseñor Ruiz Mora recordó que detrás de la masacre estuvieron implicados militares, ganaderos y grandes terratenientes que nunca enfrentaron consecuencias.

“La historia no se borra. Hay una herida abierta en el corazón del campesinado hondureño, y sin justicia, no puede haber perdón verdadero”, concluyó el obispo.

Un crimen que aún clama justicia

Los hechos de 1975 no fueron un episodio aislado. En un contexto de fuertes tensiones agrarias, donde los campesinos organizados demandaban tierras ociosas para cultivar y subsistir, el aparato represivo del Estado respondió con fuego y muerte. La masacre, según testimonios y registros históricos, fue precedida por amenazas del entonces mayor del Ejército hondureño, Enrique Chinchilla, que fueron subestimadas por las víctimas.

Aquella noche, algunos cuerpos fueron arrojados en un pozo malacate, en un intento de ocultar el crimen. Entre los asesinados estaban líderes campesinos como Bernardo Rivera y Roque Ramón Andrade, quienes trabajaban como asesores técnicos de las cooperativas agrícolas. También fallecieron los religiosos Iván Betancourt y Casimiro Cypher, quienes no estaban directamente involucrados en el conflicto, sino que se encontraban accidentalmente en la zona buscando reparar un vehículo.

«Fue una masacre cruel, sin compasión, un mensaje directo para quienes exigían justicia social», señaló monseñor Ruiz Mora durante su homilía, afirmando que el perdón nunca fue solicitado por quienes orquestaron la tragedia.

La Iglesia católica olanchana, encabezada por buena parte del clero y con la asistencia del obispo de Trujillo, Henry Ruiz Mora, varios religiosos de esa diócesis, rindieron como homenaje póstumo para 12 olanchanos y dos extranjeros que derramaron su sangre en aquel momento.

El servicio eucarístico en presencia de familiares y amigos.

La reprensión de aquella semana de junio fue advertida por el mayor del Ejército hondureño Enrique Chinchilla, pero los campesinos dudaron que todo terminaría en un baño de sangre con la masacre ocurrida, donde muchos de los cuerpos fueron enterrados en un pozo malacate.

Hoy día el panorama no ha cambiado, el Estado sigue en deuda, sin tierras, sin producción, de no haber una política definida para el tema del campo, y quienes gozan de prebendas son los grandes productores que tienen condiciones crediticias favorables.

Al cumplirse cinco décadas la clase obrera sigue convencida que la lucha librada antes de la tragedia de Lepaguare y Los Horcones era legítima, hoy se plantean otros escenarios para que los agricultores logren sus objetivos planteados, señaló el obispo de Trujillo, Henry Ruiz Mora.

 

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