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Victoria Eugenia: el infierno de ser la esposa de Pablo Escobar

Internacional Victoria Eugenia Henao (57 años) define al líder del cártel de Medellín como «el criminal más despiadado de la Colombia del siglo pasado»

Tenía 12 años y él 23 cuando se conocieron. A los 14 la violó y después la obligó a abortar, pero ella dio el «sí, quiero» un año después «profundamente enamorada». Así lo cuenta la viuda del narco en un libro de memorias

  • Las manías del narco. Victoria Eugenia confiesa las rutinas diarias con Pablo: «Sostenerle el espejo para afeitarse. Luego le hacía la manicura y la pedicura». También explica que «siempre fui la peluquera de mi marido» y agradece que tuviera un estilo de corte definido «fácil de hacer». Le decía: «Corte aquí, mi amor». Otra manía de Pablo era «bañarse y lavarse los dientes durante cerca de dos horas. Todos los días».

    Las manías del narco. Victoria Eugenia confiesa las rutinas diarias con Pablo: «Sostenerle el espejo para afeitarse. Luego le hacía la manicura y la pedicura». También explica que «siempre fui la peluquera de mi marido» y agradece que tuviera un estilo de corte definido «fácil de hacer». Le decía: «Corte aquí, mi amor». Otra manía de Pablo era «bañarse y lavarse los dientes durante cerca de dos horas. Todos los días».

03 de diciembre de 2018

Victoria Eugenia Henao (57 años) define al líder del cártel de Medellín como «el criminal más despiadado de la Colombia del siglo pasado», pero en su recién publicado libro «Pablo Escobar: mi vida y mi cárcel» (Península, 2018) también hay profundas palabras de amor hacia el narcotraficante. Hoy se cumplen 25 años de su muerte y parece que aún ejerce poder sobre ella. Su historia comenzó con «una mirada seductora y una picada de ojo». Pablo le sacaba 11 años a una Victoria Eugenia menor de edad, de tan solo 12 años. «Eso de la edad no importa. No será la primera ni la última pareja que se junte así. Va a ser la mamá de mis hijos… Quiero que sea mi mujer y que tengamos cinco», confesaba el entonces joven narco. Cuando ella acababa de cumplir 13 años, le pidió que se subiera en su moto. Después, comenzó a acompañarla en sus caminos a encargar leche. Según recuerda Victoria Eugenia, él la veía muy bonita. «Como no, si en esa época estaban de moda los llamados pantaloncitos calientes, que me quedaban bastante bien porque era delgada, producto de horas y horas dedicadas al patinaje y la natación». Los piropos continuaron. Y los regalos, al principio, chicles y chocolatinas; después, relojes y discos de Camilo Sesto. Pero hasta en los inicios, ya le era infiel con las chicas del barrio. Incluso mantuvo una relación con la rectora del mismo colegio en el que ella estudiaba. Pablo lo arreglaba con un vistoso anillo de perlas con turquesas y ella siempre le justificaba. En su retina, Pablo era «un hombre romántico, con ínfulas de poeta, acostumbrado a dar continuas muestras de cariño, dueño de una sonrisa sensual».

Inseminación artificial

Poco a poco empezó a sentir que estaba enamorada «y muy deslumbrada». A pesar de que los padres le impidieron ver a Pablo, y casi salir de casa, él desafió a sus padres. En 1973 pidió ser su novia oficial: «Serás para mí durante toda mi vida. Nunca te cambiaré por nada, ni por nadie». A los 14 años, Pablo Escobar la violó. «Un día me abrazó, me besó, y en ese momento me sentí paralizada y helada del miedo. No estaba preparada, no sentía aún la malicia sexual, no contaba con las herramientas necesarias para entender lo que significaba ese contacto íntimo e intenso». 44 años después es capaz de confesar este secreto que había pensado llevarse a la tumba, pues tres semanas después, se quedó embarazada y Pablo la llevó a una señora mayor que la practicó un doloroso aborto con unos cuantos tubos de plástico. «Un aborto todavía hoy es catalogado como un pecado imperdonable». Sin embargo, a los 15 años, contrajo matrimonio con él. «Me había casado para toda la vida, por la Iglesia católica, profundamente enamorada de Pablo (…) Convencida de que los votos matrimoniales se cumplen. Me criaron en una cultura paisa machista en la que a las mujeres se les enseñaba a seguir a sus maridos sin preguntar».Y así cumplió ella hasta que mataron a Pablo en 1993. Después sí que hizo preguntas, sobre todo para documentarse para el libro por el que mañana aterrizará en Madrid desde Argentina para su presentación oficial. El líder del cártel de Medellín, a pesar de la inocencia de Victoria Eugenia, no era bueno ocultando sus infidelidades. Las que tenían nombres y apellidos eran las que más dolían, aunque el número de «affaires» es incalculable. Como ejemplo, las bacanales que organizó durante su era dorada en Florida. Pablo alquilaba suites, que ocupaban varios capos del narcos de EE UU y los «acompañaron hermosas muchachas latinas que escogían por fotos (…). La mejor siempre era para Pablo». Y es que su marido «no parecía tener fondo en materia de mujeres. Era el machismo en su máxima expresión, sumado al poder que da el dinero». Su viuda explica que llegó a contratar a mujeres para que fueran a Colombia y a la Hacienda Nápoles del mítico cabaret parisino Crazy Horse, del legendario Folies Bergere, del Big Fannie Annie (de EE UU), así como «las voluptuosas garotas de Brasil». Después –y durante– llegaron un sinfín de novias como la socialité Wendy Chavarriaga, la reina de la Ganadería, Elsy Sofía, y la periodista Virginia Vallejo. En su libro narra cómo se percata de cada infidelidad. Al descubrir, gracias a su hermana, el romance con la periodista (en su propia cama), Victoria Eugenia «no quería ni mirarlo porque no podía entender que empezara un romance con una mujer justo cuando él y yo asistíamos muy juiciosos a un tratamiento para quedar embarazada vía inseminación artificial». Era incapaz de comprender «cómo era posible que un hombre que hacía un esfuerzo tan genuino para ampliar su familia (ya habían tenido a Juan Pablo), tuviera la desfachatez de jugármela con otra». Tras más disgustos de este tipo perdió el bebé. No fue hasta finales de 1984 que nació Manuela. Algunas de sus «venganzas» por los engaños, consistían en coger un avión comercial para ver una exposición de Botero. En general, «sentía mucha tristeza por no poder compartir una noche con mi marido, ver una película, hablar… Ese fue un vacío que me acompañó por años». Aunque defiende que «era un infiel irredimible, nunca nos agredimos física ni verbalmente y siempre fue posible comunicarnos». En 1991, cuando Pablo ingresó en la Catedral, Victoria Eugenia pensó que después de haber estado huyendo durante siete años, por fin «iba a recuperar mi feminidad, mi lugar de esposa, de madre, de compañera, de amante».

El templo de la perdición

La familia iba a visitarlo cada domingo. «El romance con Pablo fue más intenso que nunca y muy rápido convertimos su espaciosa habitación en un lugar adecuado para el amor: una chimenea muy romántica, velas grandes de todos los colores y aromas (…) y champaña… mucha champaña». Tres semanas. «Eso fue lo que duró la ilusión de que mi vida con Pablo alcanzaría algún nivel de normalidad». En la «prisión» leyó las cartas que le enviaban chicas desnudas que se ofrecían a cambio de dinero. Cartas escandalosas de mujeres que recordaban con todo tipo de detalles los recientes encuentros íntimos con él y lo invitaban a repetir»; textos floridos en los que soñaban con otra noche de pasión en la Catedral». Ella lo define como un templo de perdición. Pablo le mandaba un ramo de flores amarillas y su manida frase de «nunca te cambiaré por nada». Siguió yendo a la Catedral, «por sus hijos». Es más, decidió reconquistar a su marido. Se propuso ser más romántica que las mujeres que lo buscaban por dinero, y de la mano de un profesor de filosofía, empezó a escribirle hasta seis mensajes al día. Llegó «al extremo de consultar a un sexólogo porque quería ser la mejor en la intimidad. Mi única intención era cuidar a toda costa mi relación de pareja». Pablo ya había asesinado (u ordenado matar) a 402 civiles y políticos, 550 policías, 111 pasajeros del vuelo de Avianca y unas 5.500 personas fallecieron durante la guerra a favor y en contra del narco durante el ascenso y caída de Escobar. «Soy consciente de que mis hijos y yo somos portadores perennes de un apellido asociado inexorablemente al mal», no obstante, ella insiste: «Estuve enamorada de él, y en virtud de eso hice todo lo que estuvo a mi alcance para cuidar de mi familia». Eso sí, confirma «que no es ningún modelo a seguir; el falso héroe que recrean las series de cine y televisión me motivó a salir a contar la verdad, sin medias tintas, para evitar la repetición a toda costa».