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México: el pais mas violento

Miembros del equipo forense del estado de Nuevo León, en México, trabajan en el lugar en el que fueron encontradas cuatro personas asesinadas en febrero de 2019. CreditJulio César Aguilar/Agence France-Presse — Getty Images

El asesinato en México es más complejo que la guerra contra el narcotráfico, el eje central de sus antecesores, o que la lucha contra el huachicoleo —robo de combustible—, una de las apuestas iniciales del gobierno de López Obrador. Y, aunque la corrupción y sobre todo la impunidad sean incentivos para el asesinato, tampoco lo explican todo. No existen soluciones mágicas, ni siquiera rápidas, porque la violencia en México ya forma parte de su ser.

A veces las acciones de la violencia más que causas son consecuencias; prácticas al servicio de intereses políticos y económicos, legales e ilegales. En México, matar se ha convertido en una solución transversal que sirve no solo para acabar con el enemigo, sino para acabar con cualquier molestia presente o futura que se cruce con esos poderes: el miedo como forma de control social.

El discurso oficial de que solo mueren los buenos o los malos que luchan una guerra es también falaz. El homicidio ha silenciado a periodistas, a activistas que se oponen a mineras o megaproyectos y, por supuesto, a miles de personas que han cometido el pecado de vivir en zonas abandonadas o a las que el Estado solo llega para corromperse o para convertirse en un actor criminal más.

El homicidio es, además, solo la concreción de una amenaza constante y la expresión de algo que, en definitiva, es un fenómeno mayor en el país: la violencia. El desplazamiento interno —del que no se tienen cifras— es una realidad plausible de ello. Otra es la extorsión.

Decir ‘el año más violento de México’ es decir que fueron asesinadas más de 33.000 personas en 2018; también que miles de personas amenazadas abandonan sus casas con lo puesto para huir sin rumbo; que muchas otras pagan una cuota para tener un negocio o que lo cierran porque no pueden pagar; que hasta los actos más sencillos como hablar están sujetos a las normas de la violencia y que, en muchos casos, denunciar ante las autoridades todo lo anterior puede causar también la muerte, sin saber muy bien quién ha apretado el gatillo.