Por: Héctor A. Martínez*
La marcha convocada por las iglesias católica y evangélica de Honduras, para este 16 de agosto, ha encendido una chispa inusual en el alma nacional. Porque la intención de la convocatoria, más que un acto de fe, es una oportunidad para despertar la conciencia popular, un fenómeno profundamente psicológico que la política tradicional difícilmente conseguirá, de seguir apelando a la discordia ciudadana.
Más allá de una multitud de fieles que se congregarán en las calles a clamar por la paz, la marcha representa una interpelación moral al sistema político, desde un pueblo cansado del odio y de la ambición desmedida por conservar el poder. Y eso es decir bastante.
Aunque algunos intentan desacreditar la actividad por considerarla una afrenta al Gobierno, otros insinúan que la celebración ha perdido sentido, en vista de que en el Consejo Nacional Electoral se han limado las asperezas, como si ese fuera el único objetivo del llamado eclesial. La exhortación tiene un significado más profundo, aunque incomprensible para quienes conciben la Iglesia como una práctica dominguera secundaria e incluso carente de peso político. Pero se equivocan.
Dos consideraciones al respecto. Primero. El acto en sí es político, pero no responde a intereses partidarios ni a banderas ideológicas. A diferencia de lo que creían los marxistas de antaño, su objetivo es avivar la conciencia social y estimular la voluntad de la feligresía para seleccionar a sus gobernantes; de lo contrario, la invitación carecería de sentido. Segundo: Que el poder se incomode es un hecho innegable, especialmente porque la Iglesia es una fuerza social capaz de legitimar o deslegitimar cualquier régimen. La mayoría de los gobernantes en el mundo querría contar con el apoyo -o el silencio- de los líderes eclesiales.
¿Quién no recuerda el papel de la Iglesia católica polaca en el derrumbe del comunismo durante la Guerra Fría? La historia demuestra que, cuando un régimen se ve muy corrompido y comienza a asfixiar las libertades, es la religión la que mantiene vivas las esperanzas. Una artista que estudió en la antigua Checoslovaquia me decía el otro día que la gente se había hartado de tanto comunismo, lo que equivale a decir: cansados espiritualmente de un sistema rígido sin posibilidades futuras.
Por lo tanto, la Iglesia debe ir adaptándose a los tiempos, avanzando con el curso de la historia, evitar caer en la comodidad institucional y señalar los errores del poder. Hoy en día, mientras la tendencia en Latinoamérica se decanta hacia el autoritarismo –recordemos Nicaragua-, ¿cuál debería ser el papel de los líderes eclesiales junto a su comunidad de creyentes? Porque estamos hablando de un solo cuerpo bajo una misma luz profética, como dicen los teólogos. Y por si esto fuera poco, será necesario estar preparados para soportar las acometidas provenientes del establishment. Basta con recordar los hechos sangrientos en El Salvador durante los años setenta y ochenta.
La marcha convocada por las iglesias católicas y evangélicas, pues, no solo es un acto de fe colectiva, sino una señal de que amplios sectores del país buscan una regeneración moral de la política hondureña, ejerciendo una presión ecuménica que trasciende los muros del templo. Es una advertencia moral de un pueblo que sigue observando de cerca a los políticos y que aún conserva la fe, mas no una paciencia sin límites.





