Donald Trump, ha vuelto a plantear públicamente la misma pregunta que ha acompañado su estrategia hacia Irán desde el inicio de la guerra: ¿por qué el pueblo iraní no se levanta y derroca a sus líderes?
La interrogante refleja una de las mayores incógnitas de un conflicto que comenzó con la expectativa de que los ataques contra la estructura política y militar iraní provocarían el colapso del régimen desde dentro.
Al comienzo de la guerra, la expectativa en Washington y Jerusalén era que la presión militar sobre Irán desencadenaría una rebelión interna capaz de poner en jaque a la República Islámica. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, llegó a presentar el conflicto como una oportunidad histórica para que los iraníes se levantaran contra sus gobernantes.
Seis meses después, esa predicción no se ha materializado.
La realidad, sin embargo, ha sido mucho más compleja. Las protestas existen, el descontento social es profundo y la crisis económica se ha agravado, pero ninguno de esos factores ha conseguido convertirse en una fuerza política y organizada capaz de desplazar al Estado iraní.
Netanyahu y Trump apostaron por una rebelión interna
Cuando comenzó la guerra, Benjamin Netanyahu se dirigió directamente al pueblo iraní mediante un mensaje en video. Su argumento era que los ataques contra las estructuras de poder de la República Islámica podían abrir una oportunidad que, según él, los iraníes no habían tenido en generaciones.
“Esta será probablemente su única oportunidad en generaciones”, les dijo.
La expectativa israelí era que la combinación de ataques militares, debilitamiento de las instituciones de seguridad y descontento económico provocara manifestaciones masivas en Teherán y otras ciudades. La hipótesis no surgía de la nada: Irán había experimentado importantes oleadas de protestas y un profundo deterioro económico antes de que comenzara la guerra.
En los meses previos al conflicto, las protestas llegaron a adquirir una dimensión nacional. Las demandas económicas se mezclaron con consignas políticas y llamados contra el sistema. La respuesta del gobierno fue una fuerte represión.
Para los estrategas que respaldaban la idea de un cambio de régimen, aquello parecía demostrar que existía una sociedad iraní profundamente descontenta y potencialmente dispuesta a desafiar al poder.
Las experiencias históricas muestran que los gobiernos autoritarios no suelen caer únicamente porque una parte considerable de la población esté descontenta.
Para derribar un sistema político se necesita una combinación mucho más difícil: organización, liderazgo, coordinación, capacidad para mantener movilizaciones durante largos períodos y, sobre todo, fracturas dentro de las instituciones que sostienen al gobierno.
La Guardia Revolucionaria y las fuerzas de seguridad del régimen. Durante anteriores episodios de protestas, estas estructuras han demostrado su disposición y capacidad para reprimir las movilizaciones. En los últimos meses, además, el gobierno ha reforzado las medidas destinadas a prevenir nuevos brotes de descontento.
Así, incluso cuando existe malestar social, los ciudadanos enfrentan un dilema: salir a la calle puede significar exponerse a una respuesta represiva sin tener garantías de que millones de personas harán lo mismo.
La caída de Khamenei tampoco provocó el derrumbe esperado
Uno de los supuestos centrales de la estrategia era que la eliminación de la cúpula iraní provocaría una crisis de sucesión imposible de controlar.
La muerte del líder supremo Ali Khamenei durante la guerra fue, sin duda, uno de los golpes más importantes sufridos por la República Islámica. Pero el Estado no desapareció.
Por el contrario, los regímenes construidos durante décadas desarrollan instituciones, redes económicas, cuerpos de seguridad y mecanismos de sucesión que pueden permitirles sobrevivir incluso a la pérdida de sus principales dirigentes.
Las sanciones estadounidenses, la guerra, las restricciones al comercio y la reducción de los ingresos petroleros han agravado problemas que ya existían. La inflación, la depreciación de la moneda y la escasez de productos básicos han incrementado la presión sobre las familias iraníes.
Paradójicamente, una crisis económica severa no garantiza una revolución en contra de una tiranía..
La pobreza y la incertidumbre pueden aumentar el enojo contra el gobierno, pero también pueden obligar a las personas a concentrarse en sobrevivir. Un trabajador que teme perder su empleo, una familia que necesita conseguir alimentos o una persona que no sabe cómo pagar un tratamiento médico tiene menos capacidad para participar de manera sostenida en una movilización política.
El verdadero factor decisivo podría estar dentro del Estado
La historia de las revoluciones indica que los gobiernos autoritarios se vuelven especialmente vulnerables cuando las protestas sociales coinciden con divisiones en las fuerzas armadas, deserciones de funcionarios, huelgas capaces de paralizar la economía y la aparición de una alternativa política organizada.
Y mientras esto no ocurra, la República Islámica puede seguir siendo un gobierno profundamente cuestionado, económicamente debilitado y sometido a una enorme presión internacional, pero todavía capaz de resistir.






