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El imperio del caos: Interior del penal de San Pedro Sula | Primera parte

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En este muendo habitan  también los depredadores más temibles de toda la región. La Mara Salvatrucha (MS13) y Barrio 18. Las pandillas más grandes y peligrosas del mundo, según organismos regionales y el Departamento del Tesoro de Estado Unidos.

Ellos, por su naturaleza conflictiva, tienen secciones aparte. Hay también un lugar especial para los reos con problemas mentales y para las mujeres . Hay expolicías, que también tienen su sección aparte, irónicamente al lado de la pandilla MS13. Y hay los que tienen peso, prestigio o contactos. Estos tienen su propio lugar, conocido como “hogar privado”.

El abogado tenía contactos, y algo más importante: dinero. Un compañero suyo, uno que fue arrestado en la misma redada y con cargos similares, le invitó vivir en su “privado” junto con los reos de categoría. Algo así como la élite burguesa del presidio.

Con apenas unos días el abogado entendió de que se trataba todo esto.

“Ahí me dijo el administrador del penal que cuartos privados ya no habían. Pero que si quería me vendían un pedazo de patio para que yo construyera mi propio privado”, explicó a InSight Crime.

Así lo hizo. Luego negociaron una cuota. A los reos les gusta decir que la cantidad de la cuota “depende del sapo, así es la pedrada”. Puede llegar hasta los 200.000 lempiras (US$9.000). En el caso del abogado fue 55.000 lempiras (aproximadamente US$2.400). El dinero se cataloga en un rubro del presupuesto que se denomina “gastos no gubernamentales”. El administrador les dice, sin mucha convicción, que va para los gastos diarios de la cárcel, pero nadie cree en eso.

El abogado también tuvo que pagar a los reos obreros y por los materiales para la construcción del cuarto. En total aquello  le costó 200.000 lempiras. Vivía en uno de los penales más pobres del mundo y sin embargo contaba con lujos que ya quisieran los reos europeos o norteamericanos: una televisión y un PlayStation por nombrar algunos. Sin embargo, esta pequeña colonia dentro del penal no solo aporta comodidad, sino también seguridad. El abogado lo descubriría un poco más adelante.

A los pocos días de estar en su lujosa habitación, con su aire nuevo, su televisor y su comida, escuchó el primer disparo. No entendía nada. Luego otro más y luego una balacera que se escuchó como tormenta dentro de esa pequeña ciudad de bandidos y pandilleros.

El motín duró unas cuantas horas. Nada. Lo habitual. Un grupo de reos del sector paisa, de la celda 25 concretamente, queriendo revelarse al poder de el amo y señor de todo el penal. El torrente de balas eran los hombres de José Raúl Díaz, alias “Chepe Lora”, acabando con la rebelión. Cinco cadáveres fueron el resultado. Luego la administración formal pidió permiso, a este mismo señor, para retirar los cadáveres y todo siguió su curso. El abogado entonces se dio cuenta de que no entedía nada de ese mundo oscuro y misterioso al que acaba de ingresar. El presidio de San pedro Sula.

El tiempo de los pesetas

El penal de San Pedro Sula no siempre estuvo bajo el dominio de los paisas. Al final de la década pasada era un lugar aún más difícil de entender. Sin líderes fijos o grupos claros, era un riesgo cada paso que se daba. Se corría el peligro de pisar terreno prohibido. Una sola cosa estaba clara: pandilleros y paisas no se podían juntar. Mezclarse era sinónimo de masacre. Esa extraña ley cotidiana del penal los obligaba a vivir en sectores separados.

A la población paisa le quedó el sector más grande, suficiente para albergar a 1.200 hombres condenados o por condenar. En este recinto cada reo veía por sí mismo, así que era responsabilidad de cada quien conseguir su propio machete, pistola o pagar a alguien que lo hiciera por uno, y mal o bien las cosas marchaban.

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Sin embargo, había una falla en ese sistema, un error que ningún funcionario previó. Las pandillas hondureñas, a diferencia de las  salvadoreñas, no son estructuras tan organizadas, y sus líderes no tienen la fijeza de las estructuras graníticas. Abundan los conflictos internos y muchos, muchos, pandilleros desertan de ellas. A estos desertores, en el argót pandillero, se los llama “pesetas”, y no caben en los recintos destinados a los pandilleros.

“Si sos un peseta no te pueden meter a donde tu pandilla, te pican inmediatamente, y no te pueden meter a donde la otra porque te pican también. La cárcel no es tan grande para hacer otro recinto así que les toca vivir donde la población paisa”, explicó un exreo peseta a InSight Crime.

 

Pero los pesetas llevan en el alma la pandilla y si bien abandonaron la estructura, no se desprenden de la lógica de vida. Se unieron dentro del penal y sin importar la pandilla de procedencia pasaron a formar un grupo. Uno fuerte, probablemente el más organizado dentro del sector paisa.

Empezaron pidiendo dinero a las visitas, luego exigiéndolo y una vez conscientes de su poder aspiraron más alto. Comenzaron a gobernar el sector a fierro y plomo.

El presidio representa peligros, pero también representa oportunidades. Hay todo tipo de comercios —lícitos e ilícitos— desde la venta de drogas y el sicariato hasta la prostitución y un motel para acomodar a las parejas. Estos negocios, que eran extorsionados nada más por la administración del presidio, empezaron a ser depredados también por los pesetas. Lo mismo con los vendedores de droga al menudeo, los contrabandistas de alcohol y los que alquilaban el teléfono para llamdas. Todos.

Un día extorsionaban a un reo, otro día robaban comida y otro daban una paliza. Hasta acá era aceptable. Dolorosamente aceptable, pero aún estaba dentro de los canones de hasta dónde puede llegar los grupos de poder en un presidio centroamericano. Pero los pesetas se pasaron. Cometieron el pecado más grave que se puede cometer en estos recintos. Agredieron lo más sagrado para un reo:

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“Los pesetas llegaron a un punto en que hasta violaron a algunas chicas que llegaban de visita. Nadie hacía nada porque ellos eran los más organizados y tenían las armas”, dijo el mismo exreo.

En abril de 2008, en el presidio de San Pedro Sula cumplían condena hombres rudos, bandoleros de abolengo y otros reos cuyas historias les precedían. Uno de ellos era Roberto Arturo Contreras, alias el “Chele Volqueta,” un bandolero asaltabancos y varias veces fugitivo de la ley. Se ganó su apodo en su última fuga de este presidio (tuvo varias), cuando hizo estrellar un camión de volteo o “volqueta” contra la pared sur del centro penal, haciendo un enorme agujero y escapando junto con su banda a toda velocidad, mientras disparaba contra la ley. Fue capturado después de varios meses y enviado nuevamente al presidio entre vítores de los reos, como un rock star del hampa sanpedrana.

Este bandido, como todos los demás, tenía enemigos. Estos enemigos no podían tocarlo dentro del penal, pues igual que los pesetas tenía armas y hombres para dispararlas. Así que pagaron a quienes sí podían. El 26 de abril del 2008, al medio día, mientras Chele Volqueta almorzaba pollo guisado en el comedor de “Randy”, uno de los tantos negocios que le pertenecen a los reos, llegó Jhonny Antonio Jiménez, alias “El Inmortal”, el líder los pesetas, y lo mató a balazos.

Dicen que el emblemático forajido se ahogó en su propia sangre en el suelo del comedor, otros dicen que en la ambulancia hacia el hospital. Otros que fue una muerte limpia sin mucha sangre. Los detalles de las historias se esconden en las leyendas de los reos. Algo es claro. Ese día El Inmortal mató, en el comedor de Randy, al emblemático ladrón y escapista de San Pedro Sula.

Una nube oscura de consternación se apoderó de los reos. Si podían matar a un hombre de tanto prestigio podrían matar a cualquiera. Si estaban dispuestoos a trasgredir la ley que salvaguarda a la visita, podrían trasgredir cualquier otra. Alguien tenía que actuar. Tres de los reos más viejos y reconocidos del penal se reunieron, algo había que hacer o todos estarían irremediablemente en las manos de las huestes pesetas. El que los lideraba era un hombre cuarentón. Francisco Brevé, un bandido de la talla del finado Volqueta.

Juntó a su gente, sus armas, y reaccionaron. Uno de los cazadores, que era un chico de 18 años en ese entonces, cuenta que no fue difícil acabar con “la plaga” como le gusta llamarles. Los cazadores tenían pistolas, machetes y granadas. Y los pesetas, confiados en su poder y en el temor que infundían, estaban desperdigados en todo el recinto.

Aquella matanza fue rápida, duró apenas una hora y dejó ocho muertos. El grupo de pesetas era numeroso y no pudieron asesinarlos a todos. Así que los que quedaron fueron enviados al penal de Támara en Tegucigalpa, la capital Hondureña, donde los amigos y admiradores del famoso escapista asesinado terminaron con ellos.

La sangre de los pesetas regó el presidio general de San Pedro Sula y, como dicta la ley en la selva de los penales centroamericanos, ese riego dio frutos y abonó el nacimiento de un nuevo grupo de “hombres Fuertes”, encabezados por Francisco Brevé, conocido desde ese momento en adelante como “Don Brevé”.

La cárcel mercado

Un hombre levanta un enorme saco marrón. Su mujer al verle tan esforzado le ayuda y entre los dos van arrastrando poco a poco aquel bulto por la acera. El calor se ha instalado en la ciudad de San Pedro Sula, aunque apenas son las ocho de la mañana. En la fila para entrar al presidio todos nos arrimamos al paredón que todavía proyecta un poco de sombra salvadora. Los que vengan más tarde se verán a merced de estos rayos abrasadores.

La fila avanza despacio. Un grupo de hombres mayores discuten tranquilamente sobre si para llegar a viejo es bueno o no tener mucho sexo.

“Cada vez que usted está con una mujer son varios segundos menos de vida” dice el más viejo, y los demás se quitan la palabra para hacer viriles bromas al respecto.

“Ya yo estuviera muerto hace años”, dice uno muy gordo.

“Yo le debiera como diez años al señor”, dice otro.

Son cuatro y solo dos de ellos van a visitar a alguien. Casi todos van a vender o a comprar la mercadería que fabrican los reos, incluyendo a la pareja del enorme costal. Es como la entrada a un enorme mercado.

Frente a nosotros, pegadas al otro lado de la pared y protegidas con un techo de lámina, está la fila de mujeres. Las dos primeras están embarazadas. Atrás de ellas otras cargan a niños pequeños que se les retuercen en los brazos, quizá abatidos por el calor sahariano que nos cocina. Ellas pasan primero. Tras de ellas se arreglan el pelo y se maquillan las chicas más jóvenes —mulatas de porte espléndido, rubias con apenas las prendas justas para tener algo que levantarse en la requisa—.

Un reo sale caminando por la puerta del penal y grita a todo pulmón: “¡Pollo, shampoo, pollo! No pierda la fila, no pierda la fila. ¡Poooollo!”

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Varias personas le dan dinero y al cabo de un rato regresa con bolsas de pollo frito. La gente le da una propina y luego el hombre pide permiso a uno de los soldados para volver a entrar al presidio.

Adentro la requisa es una mera formalidad. Damos nuestros nombres, decimos a que sector vamos y para adentro. Nadie pregunta en esa requisa qué estamos haciendo. El interrogatorio duró no más de dos minutos.

Luego piden los documentos y a cambio dan una ficha metálica con un número grabado acompañada de la recomendación, “No la pierdan”.

Entran con nosotros el ilustrador hondureño Germán Andino y el pastor evangélico pentecostal Daniel Pacheco. El pastor es de los activistas más conocidos de la ciudad por su trabajo con pandillas dentro del sector de Rivera Hernández, uno de los más problemáticos de Honduras. El ilustrador tiene la esperanza de hacer algunos retratos.

prison gate sps

Una vez dentro, una nutrida comitiva de pandilleros jóvenes se arremolina alrededor del pastor para saludarle. La mayoría son del sector donde él trabaja. Están contentos de verlo y le muestran orgullosos el nuevo espacio que ellos mismos han construido dentro de su porción de cárcel.

Son de la pandilla Barrio 18, conocida como la más violenta de todo Honduras y por disposiciones de la administración, tanto ellos como la MS13, están en recintos especiales apartados de sus enemigos. Nos espera “El Virus”, un pandillero delgado y con al menos cinco cadenas de oro pendiendo de su cuello.

Ya habíamos pactado una cita y nos conducen al lugar de la reunión. De pronto entramos a una sala grande, donde al menos 30 pandilleros ven televisión o conversan con sus visitas.

Subimos por unas gradas y llegamos a la zona donde hay al menos cinco habitaciones. En la última del pasillo nos recibe “El Susurro”. Está acostado como un rey y mira una enorme pantalla plana empotrada en la pared. En su habitación hay un minibar, un tubo de pole dance, y tiene desparramados por la cama tres smartphone en los que alterna las llamadas. Su pequeña refrigeradora hace un ronroneo casi tranquilizador. Nos ofrece una Coca-Cola y sin ponerse de pie nos dice: “Buenas tardes, ¿En que los puedo atender?”

El juego de tronos

Muchas cosas cambiaron con la llegada al poder de Don Brevé en 2008. Lo primero, probablemente en un afán de curarse en salud contra sublevaciones, fue prohibir la tenencia de armas tanto corto punzantes como de fuego. Eso hizo más difícil el sicariato dentro de la cárcel, una forma común de atacar a un rival, de disciplinar a uno de su propio grupo o de vengar a enemigos estilo El Inmortal hacia Chele Volqueta.

Luego, Don Brevé se encargó de entablar una relación cercana con Hugo Hernández, el administrador del presidio. La administración legítimó su liderazgo otorgándole el cargo de “coordinador general de reos”. Desde ese momento, el coordinador es el intermediario principal entre la administración del penal y los reos. Por él se canalizan quejas, pedidos especiales y sugerencias. La administración hace lo mismo hacía los reos. Representa un mínimo control dentro del caos eterno del presidio. Si el coordinador no puede mantener una paz relativa, no le sirve ni a la administración ni a los reos.

El coordinador también representa el negocio. Toda la economía carcelaria pasa por manos del coordinador y el administrador. Ellos dan las licencias de los negocios que funcionan por los pasillos de la cárcel —los restaurantes, talleres y tienditas, la irónicamente llamada “Zona Muerta”. También dan permiso para la construcción de los cuartos y para la instalación de televisión por cable. Determinan el uso de espacios  para la visita de la pareja o la compra de servicios de  las prostitutas.

Por todo el negocio hay un precio, una cuota que pagar. Esa cuota pasa  del coordinador al administrador y, se supone, llega a manos del director. Para cubrir el constante movimiento de dinero se utiliza rubros como el famoso “gastos no gubernamentales”.

Juntos Don Brevé y Hugo Hernández llegaron a acuerdos y la población carcelaria, al menos los que vivían en el sector paisa, gozaron de algún tiempo de tranquilidad.

Don Brevé enfrentó más de un reto en su tiempo como rey de la cárcel sanpredrana. Los resultados siempre le favorecieron. Por citar un solo ejemplo, Manuel Araújo, un hombre que había visto todo desde las sombras y, quizá alentado por los nuevos cambios, decidió no reconocer las órdenes del nuevo rey del presidio. Específicamente hizo caso omiso a la disposición de no portar armas y de hecho armó hasta los dientes a un grupo de hombres de su antigua banda. Con esto tomó el control de una parte del recinto de paisas.

A Araújo lo emboscaron en las gradas del motel un día que no había visitas íntimas ni prostitutas. Ahí le dispararon desde arriba y desde abajo. En la reyerta murió uno de los hombres de Brevé, su cocinero personal, y cinco pistoleros de Araújo. En total, la balacera dejó nueve muertos y tres heridos.

“A Manuel lo matamos porque se quería subir al poder”, un exreo contó a InSight Crime. “Él quería mandar y comenzaba a hacer lo mismo que los malditos pesetas”.

Como dicen siempre los historiadores, la historia la escriben los vencedores, y en estos relatos, Manuel Araújo siempre será un tirano violador de la visita y aterrorizador de los reos. Quién sabe a estas alturas si su rebelión estaba justificada o no, ya está muerto y con él su versión.

Empero, salvo la violenta muerte de Manuel Araujo, los reos que vivieron esa época dicen que reinó la paz en el presidio. No había muchos enemigos para Don Brevé. Y si los había preferían rumiar su odio en las sombras de sus celdas, sin que nadie se enterase.

Pero el reinado estaba irremediablemente en su ocaso, y no producto de la lucha de poderes. Don Brevé estaba a punto de cumplir su condena. Saldría libre y había prometido a los reos seguir llevando su buen gobierno desde la calle. Un hombre se ofreció para ser su mano en el interior del presidio. Prometía ser un buen líder. Se llamaba Mario Henríquez.

La fiesta dieciochera

Es domingo y la fila para ingresar al penal es mucho más larga que los otros días. El sol parece haberse percatado de la muchedumbre. Se hace notar y como un dios caprichoso nos flagela con sus rayos.

Después de la pantomima de la requisa y la entrega de la ficha metálica nos encontramos nuevamente dentro del recinto destinado a la pandilla Barrio 18. Hay música y decenas de niños revolotean por todos lados. En la cocina varios pandilleros y sus mujeres preparan el almuerzo para todos.

Uno de los líderes se jacta de que, “Nosotros no le comemos al Estado, nosotros preparamos nuestra propia comida y compramos nuestros propios aires [acondicionados] y nuestras camas”.

Es cierto. El recinto de los dieciocheros es una hielera. Han llenado aquello de aires acondicionados y ventiladores. En la segunda planta, una que ellos han construido con sus manos y sus recursos, han instalado varias mesas de poker y una mesa de billar con todo y sus tacos profesionales para los jugadores.

 

Debajo de la mesa descansa Mandy, sacude las orejas y nos olisquea un rato. Es una pitbull de nueve meses, raza prohibida en todo Honduras, por su supuesta inclinación a la violencia, pero no dentro de este presidio.

La hora de almorzar llega y todos los visitantes tenemos derecho a un plato de pollo frito con papas, ensalada de repollo y mucha salsa. Un pandillero nos lo lleva y nos compra medio litro de Pepsi en la tienda que ellos administran. Esta vez, el líder El Susurro no nos recibe. Está ocupado con sus propias visitas.

La fila de salida es también nutrida y en un área nos encontramos las visitas de todos los sectores. Es un ambiente tenso. Quienes visitaron a la MS13 nos ven con desconfianza. Las mujeres, algunas de ellas pandilleras también, se echan miradas escrutadoras pero nadie dice nada.

Quienes entraron al sector paisa son la mayoría y son quienes vienen cargados con la mercadería que compraron ahí.

De repente un pickup entra a toda velocidad por el portón principal, casi nos aplasta, y del recinto dieciochero sale Javier Evelyn Hernández alias “Flash”, uno de los líderes sanpredranos de la pandilla Barrio 18. En su cintura se distingue la cacha de una pistola tipo escuadra.

Tras él salen cinco pandilleros. Todos llevan en la mano granadas artesanales disfrazadas de latas de sodas. Estos artefactos son muy poderosos, pues están hasta el copete de pólvora negra y clavos. El tiempo parece detenerse. Flash y sus escoltas cuidan el pickup hasta que este ingresa dentro del su sector. Caminando hacia atrás se meten también y se autoencierran, cerrando el portón que los separa de los demás sectores. Los soldados, los policías y todos los demás respiramos aliviados.

Continuara, segunda parte.