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“En su viaje hacia el norte los migrantes vuelven a toparse con la violencia de la que huyen: robos, secuestros, violaciones“

SILENCIADOS

La odisea centroamericana, una huida sin retorno

  • Más de medio millón de personas intentan llegar cada año a EE.UU. desde Centroamérica para huir de la violencia y la pobreza
Por RTVE.es/MSF
Julio Sánchez, migrante de El Salvador, abandonó su país huyendo de la violencia

«No más muertes» reza un grafiti garabateado en aerosol verde en una de las rotondas del bulevar Suyapa, en el centro de Tegucigalpa, la capital de Honduras. También es la desesperada demanda que se repite en toda la ciudad, pero también en todo Honduras. Y Guatemala. Y El Salvador.

En estos países, que conforman el Triángulo Norte de Centroamérica, el tráfico de drogas y de personas por parte de bandas criminales, la corrupción y la falta de aplicación de la ley han dado lugar a que cada año unas 500.000 personas huyan por tierra y previo paso por México hacia Estados Unidos. Medio millón de personas que tratan de dejar atrás amenazas, extorsiones, reclutamientos forzados por parte de las pandillas y elevadísimas tasas de homicidios.

Pero lamentablemente, el peligro sigue presente en la ruta hacia su particular sueño dorado: robos, violaciones, secuestros y niveles de violencia solo comparables a los de países en guerra. En su camino, organizaciones como Médicos Sin Fronteras (MSF), están presentes en clínicas, hospitales y albergues ubicados en las rutas migrantes prestando atención médica y psicológica.

Piedad sostiene a su hija durante una consulta con personal sanitario de MSF
Piedad sostiene a su hija durante una consulta con personal sanitario de MSF Dominic Bracco Dominic Bracco

Estas personas huyen de las amenazas de las bandas criminales, que se nutren en parte de la extorsión a los pequeños negocios, del reclutamiento forzados de las mismas y de unos níveles y tasas de homicidios sólo equiparables a los de los países en guerra.

No tienen más remedio que emprender un peligroso viaje hacia el norte en el que se topan de nuevo con esa misma violencia –robos, secuestros, violaciones– y en el que arriesgan su vida por llegar a los Estados Unidos a pesar de de los esfuerzos del Gobierno de Trump para aumentar las deportaciones y desmantelar las protecciones legales para los refugiados y solicitantes de asilo.

 

Piedad y su familia fotografiados en Reynosa, México
Piedad y su familia fotografiados en Reynosa, México Dominic Bracco Dominic Bracco

Una huida desesperada y sin remedio

No hay forma de evitar la violencia en Honduras. Las calles de las principales ciudades como Tegucigalpa y San Pedro Sula, desde donde partió la ‘caravana de migrantes’, están atrapadas por el crimen y el conflicto entre bandas.

La violencia se mete tambien en los hogares, donde las agresiones físicas y sexuales a mujeres y niños son frecuentes. La Agencia de Refugiados de la ONU estimó a finales de 2017 que había 174.000 personas desplazadas internamente en 20 de las principales ciudades de Honduras.

La corrupción, el temor a la discriminación y el poco acceso a los servicios de salud dejan a las víctimas sin protección ni opciones de futuro, salvo abandonar el hogar y emprender la marcha al norte. Un buen ejemplo de ello es el municipio de Nueva Capital, cercano a Tegucigalpa. Sus cinco vecindarios están controlados por las bandas criminales y sus habitantes viven en una profunda pobreza, sin servicios públicos básicos como agua, saneamiento ni electricidad.

Desde el infierno de Honduras a la incertidumbre de la huida

Sin medios para emprender una ruta legal

Ilma, de 54 años, es una de las vecinas de Nueva Capital y paciente de una clínica rehabilitada por MSF. Ilma se trasladó a Nueva Capital en 2004 junto a su esposo en busca de trabajo. El hombre encontró uno como guardia de seguridad. «Al principio, la vida era fácil para nosotros», dice antes de explicar que se casaron y al poco tuvieron un hijo. “Entonces las cosas se pusieron mal. Mi esposo fue asesinado a tiros por unos hombres que intentaban robar el negocio que él custodiaba. Ahora vivo sola con mi hijo ”.

A pesar de los riesgos, Ilma considera emprender el viaje al norte para construir una nueva vida en Estados Unidos. «Conozco los peligros de la ruta. Pero como personas pobres no tenemos los medios para ir de manera legal«, dice. «De todos modos, no me siento segura en Tegucigalpa», añade.

Las mujeres, víctimas por partida doble

Al noroeste de Tegucigalpa, cerca del centro industrial de San Pedro Sula y la frontera con Guatemala, se encuentra la ciudad de Choloma. Hogar de muchas maquilas, la ciudad atrae a personas de todo el país en busca de trabajo. Pero los bajos salarios y las infames condiciones laborales no hacen otra cosa que perpetuar la pobreza. También el crímen parece ser endémico en esta ciudad.

«La gente aquí está profundamente afectada por la violencia, especialmente las mujeres. La mayoría de mis pacientes son mujeres jóvenes de entre 15 y 35 años”, explica Ámbar Assaf, psicóloga de MSF. “Sufren violencia física, psicológica y sexual. Esta última, extremadamente común.

Además, muchas mujeres sufren depresión dado que, como mecanismos de defensa, han normalizado esta violencia”, añade la psicóloga. Además de ayuda psicosocial, MSF dispone también de un centro en Choloma enfocado en salud materna y neonatal.

Merry Cáceres y su hija Camila, fotografiadas en la Maternidad y centro de salud Infantil de Choloma, Honduras
Merry Cáceres y su hija Camila, fotografiadas en la Maternidad y centro de salud Infantil de Choloma, Honduras Dominic Bracco noticias

El horror, algo cotidiano

Assaf y su equipo trabajan con pacientes para ayudarles a procesar sus experiencias y que traten de recuperar el control sobre sus vidas. «Uno de los casos que más recuerdo fue el de una mujer embarazada y ya con dos hijos de 6 años y 8 años. Un día, el esposo no volvió a casa. Más tarde, los vecinos encontraron su cuerpo tendido en la calle. Avisaron a la mujer y acudió con los hijos. Habían matado al marido, lo habían estrangulado. El cuerpo estaba en muy mal estado y los niños lo vieron todo… En realidad, aquí se ven casos como este todo el tiempo”, relata la psicóloga.

Los equipos de MSF proporcionaron apoyo psicológico a los niños y les ayudaron a construir mecanismos para enfrentar la muerte de su padre. Pero a la familia le queda ahora enfrentarse a la disyuntiva de seguir arriesgando su vida en Choloma o hacerlo en la ruta hacia el norte y apostar por un futuro mejor si llegan a Estados Unidos.

Niños migrantes en el refugio
Niños migrantes en el refugio «Senda de vida», en Reynosa, Mexico Dominic Bracco Dominic Bracco/MSF

Los peligros de la travesía

Aquellos que se abren camino a través de Guatemala no encuentran ninguna garantía de seguridad. El aumento del flujo de migrantes ha llevado a incrementar la vigilancia policial y militar en la frontera sur de México. Este hecho, unido a la corrupción y a la connivencia con la que en ocasiones se actúa con los carteles y bandas criminales que operan en el sur de México –Oaxaca, Veracruz y Tabasco– han dejado un escenario de violencia letal para muchos de los migrantes.

Además, la tarifa de los coyotes (como se denomina a los traficantes de personas) para un viaje de Honduras a Estados Unidos ha subido considerablemente: de unos 6.000 dólares (Más de 5.000 euros) a 10.000 (casi 9.000 euros). Hay incluso quienes han comenzado a ofrecer precios cerrados que incluyen tres oportunidades para llegar a los Estados Unidos.

A medida que se intensifica la violencia cerca de la frontera con Guatemala y en la ruta migratoria, se hace evidente que algunos pacientes tienen mayores necesidades médicas. Aquellos que han estado expuestos a violencia extrema (tortura, secuestro, violación, abuso psicológico) requieren atención integral, especializada e integrada.

Mexico, amenazas de «zona de guerra»

México: zona de guerra

En la Ciudad de México, mucho menos afectada por el crimen violento que asola a otras partes del país, MSF está aplicando un nuevo enfoque. «Los migrantes sufren aquí situaciones similares a las que se padecen en conflictos como el de Siria y Yemen», explica Diego Falcón, psicólogo de MSF.

Los migrantes deben hacer frente a secuestros, extorsiones o a reclutamiento forzoso por parte de las bandas criminales que operan en México. “Antes durante el viaje podían atacarte y violarte. Ahora, no solo te golpean o te violan sino que te obligan a ver cómo se lo hacen a otras personas”, señala Manzano. Él y su equipo ofrecen apoyo psicosocial a los migrantes de en el Centro de Atención Integral que MSF puso en marcha en 2017 en Ciudad de México.

Las heridas físicas pueden sanar, pero las lesiones mentales requieren de mucho tiempo y mucha terapia. «Asistimos a los pacientes para que fortalecezcan su capacidad para decidir cómo van a vivir sus vidas», dice el psicólogo de MSF. “Les ayudamos a hacer un plan de vida a medio y largo plazo cuando estén decididos a dejar el centro. Nos preocupamos por las personas sin un calendario», añade.

Violada en México por tres hombres

Violada en México por tres hombres

La frontera

A orillas del río Grande, en el estado mexicano de Tamaulipas, se encuentra la ciudad fronteriza de Reynosa. Allí viven más de 600.000 personas y es un lugar de paso común para muchos migrantes centroamericanos que tratan de entrar en Estados Unidos.

También es paso común para los deportados en la frontera, desde donde salen diferente buses de vuelta a las principales ciudades de México. Reynosa es, además, uno de los lugares más violentos del país debido a la guerra por el territorio que libran varios de los carteles de la droga.

“Todos aquí en la ciudad han sido víctimas de violencia, ya sea directamente o indirectamente”, dice la psicóloga de MSF Violeta Pérez Quintero. Unos de los lugares donde trabaja la organización es el refugio para migrantes Senda de Vida, donde ha instalado una pequeña clínica que el equipo móvil utiliza para consultas.

Padre, madre e hijos: «No teníamos nada para comer»

Allí se encuentran Ruth y Carlos junto a sus dos hijas. Proceden de Catacamas, en Honduras. Se encuentran varados en Reynosa después de que se les negara el asilo en la frontera de Estados Unidos. «Fui secuestrado en Honduras», dice Carlos. «Gracias a Dios escapé, pero también querían secuestrar a mis hijas y a mi esposa». El hombre asegura que ante la posibilidad de este viaje no hubo elección; «estábamos en peligro», concluye.

Tanto Carlos como Ruth eran conscientes de que en la ruta podría haber más riesgos. «Hemos sufrido mucho en México», dice Ruth, acariciando el cabello de su hija. «Nos quedamos en el autobús, durmiendo con nuestros hijos. Hubo momentos en que no teníamos nada para comer». Ruth y Carlos no saben a dónde irán desde aquí, pero saben que no volverán a su país, donde aún está el resto de su familia. «No podemos vivir en Honduras», dice Carlos rotundamente.

La familia tiene un permiso temporal para permanecer en México. Pero su futuro sigue siendo desesperado. «Creo que Estados Unidos necesita escuchar lo que está pasando: narcotráfico, secuestro, pandillas. La gente se está muriendo en Honduras”. Pero lamentablemente, tal y como concluye Carlos, parece que “solo nosotros sabemos cómo nos sentimos. Solo nosotros sabemos por lo que hemos pasado».