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Afganistán, la guerra que EEUU no puede ganar ni sabe cómo terminar

PAZ FRUSTRADA

Trump ha dado por muerto el diálogo con los talibanes tras alcanzar un acuerdo que hubiera permitido la retirada de sus tropas

Casi dos décadas después de su inicio, el conflicto afgano es actualmente el más letal de todos los que se libran en el mundo

Washington – Sábado, 15/09/2019 

Donald Trump ha protagonizado algunos gestos diplomáticos osados, como su breve incursión en la orilla norcoreana de la zona desmilitarizada que divide las dos Coreas, pero seguramente ninguno como el que estuvo a punto de coreografiar el pasado domingo. Trump invitó a los representantes de los talibanes, así como al presidente afgano, a su residencia de Camp David, una villa rústica en los bosques de Maryland, donde presidentes, reyes y cancilleres han negociado algunos de los acuerdos de paz más notables del último medio siglo. Tal como se había planeado, la cita se produciría tres días antes del aniversario de los atentados terroristas del 11-S. En esa fecha Trump pretendía sentarse con los mismos talibanes que dieron cobijo a la cúpula de Al Qaeda, los responsables de aquella escabechina que derivó en un bucle absurdo de guerras infinitas.

Soldados de la OTAN en Kandahar, en una fotografía del 2017.

Soldados de la OTAN en Kandahar, en una fotografía del 2017. / EFE / MUHAMMAD SADIQ

La guerra más larga de la historia de Estados Unidos, una tragedia épica con más de 100.000 muertos desde su inicio hace 18 años, nunca ha estado entre las prioridades del presidente. A diferencia de sus predecesores, ni siquiera ha visitado a las tropas estadounidenses apostadas en Afganistán o le ha dedicado al conflicto un solo discurso íntegro. Pero desde el primer día ha mantenido que su país tiene que abandonar una guerra que no ha podido ganar ni tampoco sabe cómo terminar. Soluciones mágicas no hay. A todo lo que puede aspirar la Casa Blanca es a marcharse salvando mínimamente la cara, con un pacto que deje alguna rendija de luz entre el amasijo de destrucción.

Eso es aparentemente lo que ha tratado de negociar su enviado especial a Afganistán, el diplomático Zalmay Khalilzad, en las conversaciones secretas mantenidas en los últimos nueve meses con los talibanes en Catar. Un principio de acuerdo que Trump quiso rubricar en Camp David antes de que le entraran sudores fríos y cancelara abruptamente la reunión. «No es un acuerdo de paz, sino un acuerdo político», asegura a este diario Graeme Smith, consultor para Afganistán del Internationl Crisis Group, una organización dedicada a la mediación de conflictos.

Confiar en el enemigo

Sus términos no se han hecho públicos, aunque se conoce la brocha gorda, que incluiría un pacto para reducir la violencia tras la salida de los 14.000 soldados estadounidenses, garantías de que los talibanes seguirán combatiendo al Estado Islámico y sus afiliados afganos, y el inicio de conversaciones entre los distintos actores afganos para poner en marcha un proceso de paz.

Hay quien piensa que la Casa Blanca es extraordinariamente naif al confiar en su enemigo, pero lo cierto es que los talibanes se han comprometido a dos cosas de las que siempre renegaron: negociar el futuro de Afganistán mientras hubiera tropas extranjeras en el país y hablar directamente con el Gobierno afgano, al que consideran una «marioneta» de EEUU. «Que hayan hecho esas concesiones es significativo. Es la primera vez que aceptan un proceso de paz, que sería el primero en una generación», afirma Smith.

De momento, sin embargo, todo ha quedado en suspenso. Esta semana, Trump dio por «muerto» el diálogo con los talibanes tras culparles del fiasco de la reunión de Camp David por haber matado unos días antes a uno de sus soldados. Una explicación que no compran los analistas porque, desde que comenzó el diálogo, ambos bandos han utilizado la violencia más cruda como arma de negociación. Dieciséis estadounidenses han muerto en lo que va de año y muchos más talibanes. El mismo domingo de la cancelación, el secretario de Estado, Mike Pompeo, dijo en televisión que EEUU «ha matado a 1.000 talibanes en los últimos 10 días».

Otras explicaciones se antojan más plausibles. Desde las críticas que recibió el presidente por la nefasta fecha escogida a la oposición en el seno de su Administración al acuerdo con los talibanes, una rebelión liderada por el defenestrado John Bolton, que el martes dejó de ser asesor de seguridad nacional. De lo que no hay duda es de que en Washington hay prisa por salir de su penúltimo cementerio. «Ha llegado la hora de salir de la guerra de Afganistán», dijo en septiembre el general John Nicholson en su discurso de despedida tras haber dirigido allí la misión estadounidense.

De los cinco grandes conflictos librados por EEUU desde el final de la segunda guerra mundial solo ha ganado uno: la guerra del Golfo de 1991. En Corea, Vietnam, Irak y Afganistán perdió o se rozaron las tablas, según las interpretaciones. Y lo que está claro es que esta última no la está ganando, a pesar de que en los últimos dos años ha lanzado más bombas sobre el paupérrimo país centroasiático que en cualquiera de los ejercicios anteriores, según datos del Pentágono. O del apoyo que le prestan las fuerzas del Gobierno de Kabul y la OTAN.