La líder estudiantil Amaya Coppens, recién excarcelada, cuenta que desde entonces ha sufrido en su casa el acoso de paramilitares y turbas sandinistas.

La líder estudiantil Amaya Coppens, envuelta en una bandera junto a su madre, en Esteli. AFP
Una fotografía suya ya forma parte del archivo histórico de la lucha contra los tiranos de América Latina. En ella, la joven de 25 años aparece junto a varias de sus compañeras de resistencia. Visten de azul, uniforme de las presas. Sus muñecas, aprisionadas hasta el dolor por cintas de plástico, como si fueran de verdad las terroristas que justifican desde el gobierno de Daniel Ortega. Detrás, sujetándolas como si fueran a salir corriendo, los policías orteguistas, que esconden su rostro para evitar la vergüenza nacional. Y entre el miedo y la rabia, la sonrisa de Amaya, la que nunca falta incluso en los peores momentos. La joven que combate al terror con una sonrisa. «La certeza de sabernos inocentes y de que nuestra lucha es justa. Por eso sonrío», confirma a este periódico.
Abogados y familiares denunciaron abusos y maltratos constantes en prisión. No sólo manoseaban a la chicas, en especial a Amaya, también las desnudaban hasta tres veces al día para solaz de los carceleros. Los mismos que manoseaban su comida para contaminarla y provocarle constantes gastroenteritis.
Torturada, golpeada, en pésimas condiciones de encierro. ¿Por qué tanta saña y crueldad contra esta joven? Amaya se ha convertido en el símbolo del despertar de los jóvenes, una heroína capaz de liderar una lucha por la libertad. Sólo le faltan unos meses para acabar la carrera de Medicina tras ser expulsada de la Universidad de Léon y además habla tres idiomas. También ha ejercido de locutora de radio y como muralista en su natal Estelí. Y nunca pierde la sonrisa, demasiada luz para las sombras sandinistas.
«Siento una mezcla de alegría por estar con mi familia y de tristeza por los compañeros que siguen presos. Agradecemos toda la solidaridad que estamos recibiendo. Y seguimos juntos, incluso desde dentro de la cárcel. Cuando estábamos allí cantábamos el himno nacional, gritábamos nuestras consignas», añade Amaya, cuyos dos hermanos, de 28 y 16 años, también fueron salvajemente golpeados en Navidad mientras reclamaban su libertad.
Los abogados de Coppens todavía no conocen en profundidad cuáles son las medidas cautelares que sufrirá la joven bajo el régimen de «convivencia familiar», «pero de momento sí que puedo salir de casa pero no del departamento (región)».
La familia de Amaya Coppens ha intentado convencerla para que se exilie en Europa, pero la joven sólo aprovechó esa ventaja familiar para realizar una gira por el continente que también la llevó a España. «¡Que el mundo lo sepa, que en Nicaragua sí hay dictadura!», aseguró la joven en el Canal 24 horas de Televisión Española. Y lo dijo firme, segura y sin perder su sonrisa.





