German Edgardo Leitzelar Hernández*
En la historia contemporánea de nuestros pueblos, hemos sido testigos de un fenómeno lamentable pero recurrente: Desfile de gobiernos que, en lugar de unirse alrededor de un proyecto de nación, optan por dividir, señalar y alimentar el odio como fórmula política. Disfrazados de redentores, repiten discursos vacíos pero cargados de resentimiento, prometen justicia y en lugar de solucionar, atacan a un pasado que, si bien fue imperfecto, solo sirve como excusa para justificar su ambición de poder absoluto.
Tal es el caso de aquellos que, amparados en la denuncia de supuestas dictaduras corruptas y narcotizadas, accedieron al gobierno utilizando como arma la polarización. Bajo promesas de limpiar el país de impunidad, combatir la corrupción, y devolver la dignidad a las instituciones. Pero una vez alcanzado el poder, lo que antes condenaban se convirtió en su modo de operar entiéndase mismas prácticas: nepotismo, clientelismo, persecución política, corrupción institucional y un uso desesperado narrativas victimistas para mantenerse en el poder, alegando ser víctimas de lo que sea con tal y funcione.
Y como en lugar de avanzar, parecemos preferir hundirnos aún más, el nuevo colmo alcanzado con estas estrategias aparece cuando se intenta usar la educación como medio de adoctrinamiento, no de liberación. Así pues, imponer una asignatura basada en un libro que reescribe hechos desde una sola visión, además sectaria y manipulada no es educar: es programar. Es convertir a la niñez en soldados ideológicos, en lugar de pensadores libres. Se les roba la posibilidad de entender su país con objetividad, pensamiento crítico y contexto, reemplaza la verdad por una versión oficialista, emocional y distorsionada.
Mientras eso ocurre aquí, el mundo avanza y sin detenerse, países que sufrieron guerras, dictaduras reales y conflictos civiles hoy forman a sus jóvenes para el desarrollo, la convivencia, la innovación. Invierten en ciencia, inteligencia artificial, energías limpias, tecnología, educación emocional, liderazgo ciudadano. Preparando generaciones para liderar el siglo XXI, mientras nosotros atrapamos a la nuestra en heridas del pasado, no para sanarlas, sino para reabrirlas una y otra vez como justificación de nuestros fracasos.
Pero no todo está perdido. Aún hay espacio para reflexionar y reconstruir. La ciudadanía tiene el deber y el derecho de rechazar lo negativo: el odio, la mentira, la imposición ideológica, la corrupción disfrazada de cambio, no permitamos que la niñez sea víctima del revanchismo político ni que la educación sea usada como laboratorio de manipulación.
La salida está en abrazar lo positivo: formar a nuestros niños en valores universales, pensamiento crítico, historia con contexto, ciencia y arte. Impulsar una cultura de paz, diálogo y responsabilidad compartida. Apostar por el desarrollo tecnológico, la formación profesional, el emprendimiento, la creatividad. Superar el trauma nacional con proyectos reales, no con discursos vacíos.
Para lograrlo, se necesita de una ciudadanía activa, informada, valiente. Una sociedad que no repita los errores de confiar ciegamente en mesías de turno, sino que vigile, cuestione, y construya. Se necesita de educadores comprometidos, padres conscientes, jóvenes despiertos y medios responsables. Solo así se puede reconstruir una nación sobre cimientos sólidos, no sobre una retórica de resentimiento.
Esto no es decir que neguemos el pasado o que no lo abordemos, sino que dejemos de usarlo como excusa. La historia debe enseñarse con todas sus luces y sombras, no como un panfleto político. Ya es la hora de pasar la página del odio, y escribir una nueva historia basada en verdad, justicia y progreso.
El momento de actuar es ahora. Porque los pueblos que no educan en libertad están condenados a ser esclavos del poder. Y porque la verdadera revolución no es la que grita, sino la que construye.
“EDUCAR ES DESPERTAR CONCIENCIA, NO FABRICAR OBEDIENCIA”
*Abogado laboralista independiente





