Si el régimen chavista de Venezuela se prolongara hasta el 2028 – ¡cosa que no va a pasar! – estaríamos siendo testigos de una pesadilla política de 30 años; eso, es mucho más de lo que dura un caballo. Pero, será cuestión de semanas para que los Estados Unidos, mediante una operación relámpago, extraiga del Palacio de Miraflores a ese hediondo abadejo llamado Nicolás Maduro.
Entonces ¿Formarán las Fuerzas Armadas Venezolanas un escudo protector para proteger a la presa? ¿Saldrán las milicias populares, con sus rifles de palo, a enfrentar los disparos telescópicos de los Navy Seals? ¿Vendrá algún alocado país vecino a jugarse el pellejo para salvaguardar a un corrompido, hombre nocivo que se ha aprovechado del desamparo de sus compatriotas? La respuesta a estas tres preguntas es NO.
¿Por qué?, porque las grandes mentiras del mundo están hechas de espuma y estopa, se esfuman y se queman por sí mismas en sus propias llamas sulfúricas.
Toda esa bribonada llamada Revolución Bolivariana, la cual se incubó en la mente dañada de un chafarote, es algo más que un cruel disparate. Eslabonando mentiras redentoras con invenciones revolucionarias, ficciones colectivistas con cuentos justicieros, los agitadores venezolanos, liderados por dos fantoches tardíos, formaron una extensa cadena de púas para atar de pies y manos a toda una nación. Como quien dice, estos dos verdugos de la anarquía – Pinky y Cerebro – llegaron a la fiesta cuando ya estábamos recogiendo el confeti.
En 1998, ya el marxismo era una absurda ideología jurásica. Cuba era un falansterio insular de edificios mugrientos y mandones harapientos; y casi todos los países sensatos de Europa habían aborrecido el socialismo por estresante, por insostenible y por irreal. Tras ganar la guerra fría en 1989, los Estados Unidos redefinieron los esquemas de poder sobre dos criterios no negociables: democracia y alternancia.
En el caso de Europa, este balance de poder se buscó mediante una fórmula híbrida denominada Estados de Bienestar, pero, en América Latina – terminada la guerra fría – los países retornaron a la democracia de partidos, redactando nuevas constituciones para Estados de Derecho y colocando a los militares donde deben estar y permanecer: en sus barracas.
El único fantoche rezagado que no se enteró de los nuevos pactos políticos y sociales – enmarcados globalmente sobre requisitos de democracia y alternancia – fue el coronel Hugo Chávez Frías. ¿De dónde salió este perdulario? De una caverna militar a la cual jamás llegaron las noticias de la vida real, ¿Quién era este elemento? Nadie, ¿Qué sabía este colérico soldado sobre política? Nada, ¿Cuándo había representado a alguien dentro de Venezuela? Nunca, ¿Qué preparación tenía sobre Estado, Leyes, Política e Historia? Ninguna, ¿Había tenido alguna experiencia militar al menos de simulacro? Jamás.
Simplemente, cuando salió de los cuarteles enarbolando las rotas banderas del fracaso socialista y las consignas chistosas de la revolución de los pobres, los líderes venezolanos andaban de picnic: los agarró con los calzones abajo. Cuando los hombres de COPEI, Acción Democrática y demás partidos moderados de Venezuela quisieron reaccionar, ya el país estaba emboscado. De pronto desaparecieron los ciudadanos y apareció en Venezuela una plaga bíblica de compañeros, camaradas y comandantes. ¡Ave María Purísima!
Esto se parece al misterio del hombre que en 1951 apareció en Times Square con ropa del siglo XIX, se llamaba Rudolph Fentz y tras hacer las indagaciones del caso se descubrió que se trataba del mismo individuo que había desaparecido en 1876; ni el mismo demonio sabe cómo Fentz vino a aparecer vivito y coleando en 1951.
De igual modo, un extraño subteniente de Sabanetas apareció en Caracas en 1992 con una hoz en la mano, predicando el cielo socialista y diciendo que su primera tarea sería cortar la cabeza de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera. Al comienzo la gente se lo tomó a broma, pero, como la locura contagia al cuerdo, seis años más tarde ya había repartido boinas, megáfonos, túnicas, fatigas y rifles de palo en todas las regiones de Venezuela: el chiste trágico de la Revolución Bolivariana ya estaba en marcha.
La pregunta final sería ¿Saldrán las risibles milicias bolivarianas a defender a su monigote cuando los gringos lo capturen y lo metan en una jaula de perros? No manches, diría un mexicano. No existe ninguna cosa verdadera y genuina en ese fardo de paja llamado República Bolivariana de Venezuela. Nadie, en su sano juicio, se va a jugar la vida para guarecer a un farsante. Ni los soldaditos de lata de un ejército fanfarrón, ni la guardia personal bolivariana, ni los gánsteres del Tren de Aragua y mucho menos los oficiales del Cártel de los Soles, van a dar la vida por ese malvado.
Ciertamente, este Emperador de Heno sólo tiene dos salidas, lanzarse de cabeza en un despeñadero del Orinoco o responder ante el mundo por todos sus crímenes; que son miles.





