sábado, marzo 7, 2026

Promesas y mentiras: corrupción en verso libre

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2 septiembre 2025 – 12:04 AM

Por: Jairo Núñez

“Acabaremos con la corrupción”. —Dijo una mona vestida de moral de ocasión. Una especie de oxímoron en sí. Cuando eran oposición, estos campeones del “cambio” prometieron limpiar la casa con escoba nueva. Hoy, ya instalados, parecen vender la escoba, la casa y si uno se descuida, hasta la gallina. Dijeron “venimos a eliminar la pobreza” y lo lograron… pero para ellos. Prometieron solución; trajeron más corrupción.

La estrategia maestra inició con la coreografía clásica: subirse al estrado, invocar la ética, citar a la patria y decir representar al “pueblo”. Luego, bajar del estrado, invocar al asesor, citar al abogado y abrazar el contrato. El discurso era una canción de cuna; la práctica, una alarma de incendio. “No más tráfico de influencias”, dijeron, mientras abrían una autopista de cuatro carriles hacia las oficinas de sus amigotes. No más corrupción,” cantaron con emoción; “sí, más licitación”, susurró el bastidor.

Primero vino la creativa “movilidad laboral”: la venta de plazas con sello de “mérito”; el mérito, al parecer, consistía en quién había quemado más llantas y escupido más saliva de perro. Después, el planillazo en la institución de salud: nóminas infladas que adelgazan hospitales. Qué elegante dieta: recortar medicinas, engordar planillas. Resultado: mora en cirugías, escasez de medicamentos y esa frase moderna que lo explica todo: “estamos en proceso”. Proceso en progreso; el enfermo, en retroceso.

El capítulo de sobrevaloraciones fue un poema épico al Excel: equipos que costaban tres se convirtieron en siete por arte de tecla; drones comprados como si fueran hechos por aquel que se autoproclama de Harvard; prótesis robadas que desaparecen más rápido que las promesas postelectorales. Y cuando alguien preguntó por los desfalcos, llegaron las sonrisas: “falló el sistema”. Claro, el sistema del pudor. Precio en ascensor; ética en el sótano inferior.

La calle ofreció su propia rima: autos sin placas, licencias “origami” de papel, cheques fantasmas y congresos improductivos donde la elocuencia es inversamente proporcional a la coherencia. ¿Reformas? Sólo a la agenda; ¿debate? Sí, de quién se toma la foto. Mientras tanto, cierres de empresas y obreros en pausa indefinida, porque la inversión no soporta rimas con “incertidumbre” y “capricho”.

La seguridad, esa palabra con casco y botas, se volvió verso libre: inseguridad rampante, asesinatos impunes, masacres en cárceles… y el minuto de silencio que dura meses. Culparon al pasado, a los infaltables doce años, al clima, a la luna menguante y al chucho; a cualquiera menos a su propio desorden. Y si aparecía uno o más videos de don Carlón, el guion ya estaba escrito: “es un montaje” al estilo de Nueva York.

Pero que no falte el capítulo electoral, el más lírico: boicots en primarias, violencia y amenazas y una deuda que no pagan, coreografía de padrinos, sobrinos y vecinos—nepotismo como política de Estado. La independencia de poderes se entendió como independencia de principios. Se instaló la inmunidad como abrigo de temporada y, si la ley molestaba, se le cambió el forro. Voto con ilusión; conteo con manipulación.

La diplomacia también rimó con tropezón: pérdida de estatus migratorio para miles, mientras el discurso hablaba de oportunidades. Y en casa, cortes de energía que iluminan una verdad incómoda: no hay transformación digital cuando lo único que se transforma es la factura. La modernización quedó en PowerPoint; la realidad, en modo ahorro.

Lo más conmovedor es la coherencia estética de este gobierno: cada escándalo trae su eslogan, cada error su “narrativa”, cada mentira su “contexto”. Son artistas del eufemismo: a la corrupción la llaman “irregularidad”, al saqueo “ineficiencia”, al engaño “malentendido”. El lenguaje es su primera obra pública; la segunda es la muralla que levantan alrededor de la verdad. Dicen transparencia; practican opacidad en frecuencia.

¿Y la oposición de ayer, gobierno de hoy? Descubrimos que la furia moral era envidia profesional. El “nosotros lo haríamos mejor” significaba “déjennos hacerlo nosotros”. La ética de vitrina, hecha para la foto y las rimas fáciles: “somos la solución” ¡Amnistías!; spoiler: eran la ecuación que faltaba para que el problema se resolviera… a su favor.

¿Qué se aprende de esta tragicomedia? Que la corrupción no se combate con discursos, sino con instituciones fuertes, ciudadanía vigilante y reglas que no dependan del humor del poderoso. Que el liderazgo no es micrófono, es ejemplo. Que la transparencia no es eslogan, es hábito. Que la ética no rima con privilegio, sino con servicio.

Cierro con una última rima, por si acaso la memoria flaquea:
Ofrecieron redención; entregaron repetición. Juraron revolución; ejercieron succión. Prometieron nación; administran ocasión. Dijeron “somos la cura”; resultaron la fractura.

La moraleja es simple, sin metáfora ni maquillaje: las rimas encantan, pero las cuentas no esperan. Que el próximo gobierno no venga con versos: que venga con controles, datos abiertos, licitaciones reales, justicia que alcance, y ciudadanía que no aplauda—que supervise.

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