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Colaboradoras papel actual de las mujeres de pandillas en Honduras

Las Colaboradoras – Honduras: Ellas quieren ser Mortal

ANÁLISIS INSIGNE CRIME

  • Barrio 18
  • Honduras
  • En un barrio marginal de Honduras, a los 15 años eres mujer, pandillera del Barrio 18, tienes hijos, vas a la cárcel, te reprime la policía y dudas mucho sobre la idea de que el futuro pueda ser diferente. Esta es la historia de los círculos de infinitas violencias en las que viven, crecen y morirán dos niñas y una adulta. Una historia sobre el arrojo de guerreras perseguidas que avanzan en el combate hasta acabar convertidas en protectoras de criaturas salvajes.Dos niñas miran una piscina sin gente. Están en una parte de la ciudad que no conocen. Impacientes, sueltan las bolsas de plástico que contienen su ropa seca sobre una hamaca de rayas amarillas y blancas. Acaloradas por el abusivo sol de las dos de la tarde en San Pedro Sula, saltan sobre el piso ardiente.

*Este reportaje forma parte de la serie Las colaboradoras, un proyecto periodístico sobre el papel actual de las mujeres en las pandillas de Centroamérica realizado por El Intercambio, financiado por Internews y publicado en alianza con InSight Crime.

Se meten en el agua vestidas con sus playeras y shorts. Até, blanca, de pelo liso y labios gruesos, con el cuerpo de mujer a medio hacer, agarra rápido el salvavidas. Asteria, morena, de pelo rizado y ojos y nariz pequeños, da tres largas brazadas para llegar cuanto antes al borde. Piden aprender a flotar.

Até mira al cielo. Acostada. Solo tiene que dejar que el peso de su cuerpo haga caso a la gravedad para mantenerse a flote. No lo logra. Asteria, tampoco. Tercas y sonrientes, lo intentan varias veces. En dos horas, apenas salen del agua para comer pizza. Al menos por una tarde, en esta piscina privada de hotel, protegidas de las miradas, parecen felices de tanto fallar.

La situación es improbable, completamente artificial. Durante unas horas, la posibilidad de dar una versión de su propia historia es su pasaporte a la palabra. A la posibilidad de expresarse sin una violencia que fermenta bajo el calor agobiante de las casas de techo de lámina donde viven, ancladas en una pobreza abyecta, en un barrio lleno de fronteras mortales.

El pozo de donde Até y Asteria salen durante un día se llama Cerrito Lindo. El dueño del lugar es un tipo flaco y larguirucho de 19 años que lleva el pantalón amarrado por un cinturón, una playera blanca de tirantes que le queda enorme y kilos de joyería. Es su forma de mostrar autoridad. Para llegar a Asteria y Até, tuvimos que hablar con su dueño.

En Cerrito Lindo, todos rinden pleitesía a Mortal. Vecinos y pandilleros. Es el palabrero, o líder local de la célula del Barrio 18, la segunda pandilla más violenta de Latinoamérica, solo superada por la monumental Mara Salvatrucha (MS13). Mortal, que entró en la pandilla cuando apenas tenía diez años, cayó preso tres veces. La segunda fue pocos meses antes de conocerlo, pero se escapó. Estuvimos con él en julio de 2018. En septiembre volvió a la cárcel. Ahora, manda un adolescente con apodo arácnido. Se llama Escorpión.

Mortal, líder del Barrio 18 en el sector Cerrito Lindo, prueba si su arma funciona correctamente. Apunta hacia una botella vacía torpemente colocada por sus compañeros y dispara tres veces. Nunca logra pegarle.

De la boca de Mortal, con dientecitos muy desechos, salen pocas palabras. No cree que las mujeres, lo que tengan que decir, importe demasiado. Y gracias a esa minusvaloración del hombre hacia la mujer, ellas pueden expresarse –al menos en la piscina–.

Honduras es el último país de Centroamérica en el que las mujeres aún pueden ser pandilleras. Incluso jefas. Pero el gobierno hondureño sabe poco sobre pandillas y poquísimo sobre pandilleras. En general, sólo tiene idea de qué grupos operan en el país. Y en particular, que en el Barrio 18 hay mujeres cobradoras de extorsión. La policía persigue a niñas como Até y Asteria. La autoridad policial necesita de casillas fijas para posicionarlas: cobradora de extorsión, informante de la pandilla, mujer de pandillero. Nadie menciona la posibilidad de liderazgo. El desconocimiento simplifica.

La mayor parte de las casas de Cerrito Lindo son de bloques de cemento y madera con techo de lámina y cortinas como puertas; el aire del ventilador corre por los pasillos mientras fuera, para combatir el calor, se toma café recién hervido.

Até y Asteria hoy son civiles –sin vínculo teórico con la pandilla–, pero colaboraron desde los diez años con el Barrio 18. Tienen quince. Una colaboradora, o paisa –como solo las llaman en Honduras–, comienza vigilando las esquinas, pide y cobra extorsión a negocios, reparte comida a los homies que es como se conoce a los hombres en la pandilla –cuida a los enfermos o baleados–. Convertirse en lideresa llega mucho más tarde.

Asteria y Até pensaron en ser pandilleras, pero no pasaron de colaborar. Hace más de un año que ambas decidieron salirse del Barrio 18, una pandilla en la que formalmente nunca entraron, a la que en la práctica siguen totalmente vinculadas.

¿Alguna vez les tocó matar a alguien?”

[Dos segundos de silencio]

“Eso no se dice, es algo muy íntimo, eso no se cuenta,” dice Asteria en nombre de las dos.

Asteria y Até no son sus nombres. Es un artificio para ocultar su identidad. Sustituir sus nombres por unos convencionales es un riesgo porque podría coincidir con el de otras jóvenes de similares características. Hay muchas mujeres con historias parecidas en este barrio.

Las niñas dicen que  dicen que ya no trabajan para la pandilla, pero le hacen favores. Un favor puede ser cualquier cosa. Un favor puede ser hacer gratis exactamente lo que hacían antes por un salario variable de 20 dólares semanales.

¿Qué es hacer un favor cuando ya no estás obligada?”

“Si uno quiere, me dicen: ‘Mirá, andá a traer tal cosa.’ Si yo quiero, voy a ir. Si no, no voy,” dice Asteria con vehemencia.

“Pero usted sabe que si una puede hacer un favor, siempre lo va a seguir haciendo”, matiza Até, un minuto después. “Y entre más uno va haciendo, más se va involucrando.”

Ellas se reivindican como independientes. Pero están dispuestas a hacer muchas cosas por el Barrio 18. Porque quieren. Estar cerca, dentro, o fuera parece casi lo mismo.

“Porque ante los ojos de Dios y del Barrio todos somos iguales,” dice Asteria.

“Ni uno se mira más, ni una se mira menos,” responde Até.

“Porque todos la rifamos igual,” exclama Asteria.

“La rifábamos,” puntualiza Até.

“La rifamos todavía,” ríe Asteria. “Damos la vida por el Barrio.”

“¿Qué implica para ustedes ya no estar en el grupo?”

“Estamos cagadas [con miedo],” responde seriamente Até.

La piscina del hotel

¿Podemos llevar a las niñas mañana a la piscina?”

Mortal: “Sí, no hay rollo. Delen.”

Cerrito Lindo está en el inmenso sector Rivera Hernández, uno de los barrios más grandes de San Pedro Sula, la ciudad más homicida del mundo hasta 2015 y ahora en el tercer puesto en la lista. Dentro del sector Rivera Hernández hay más de cien colonias y asentamientos, lugares bravos que evitan los sampedranos que sí pueden permitírselo.

En 2015, seis pandillas se disputaban el sector. Tres años después, los vecinos dicen que ya son ocho. No es sólo un polvoriento desorden de calles planas y casas de adobe, de pequeñas tiendas, llamadas pulperías. Es un territorio en guerra.

Sentados en el porche de un vecino, al atardecer, preguntamos a Mortal sobre un tema extraño para él: las mujeres en su pandilla. No tiene el discurso preparado. Responde que son como los hombres. La diferencia son las razones de ingreso. “Ellas [se meten], a veces, por problemas en la familia, o por seguir a un homeboy [pandillero]”.

Las mujeres, dice, son traicioneras. Los amigos celebran sus bromas y encienden sus cigarrillos. Hasta que irrumpen dos adolescentes confianzudas, con playeras cortas, el pelo recogido, los labios rosas y los ojos delineados. En medio de la oscuridad de las seis de la noche, se hace el silencio hasta que cruzan el portón y se acercan al porche de la casa.

Así es como conocemos a la Asteria de cabello rizado y de ojos encendidos. A la Até de pelo lacio y mirada apagada, pero pícara. Até es la personificación griega del arrojo y la irreflexión y Asteria es la hija de una guerrera perseguida por Zeus. Ambas avanzan huyendo del resto de pandillas, de la policía. Si esa huida no se trunca, Asteria y Até, por haber nacido en San Pedro Sula, llegarán a ser Artemis.

Artemis es una flaca brava y de color caribe en la raya de los 40 que dirige un embrión de pandilla, en una zona rival dentro del sector Rivera Hernández. Esta lideresa de un grupo de jóvenes que intentan ser pandilleros tampoco se llama Artemis, diosa griega de la caza. Una madre protectora de sus criaturas salvajes. De sus muchachos, de su propia pandilla.

Artemis, una mujer que sería guapa si la pobreza no deteriorara tanto, no sería lideresa si su vida no hubiera comenzado como las de Até y Asteria. De cabello desteñido, manos maltratadas de tanto lavar con detergente y pies callosos de tanto caminar sin zapatos, se parece a Mortal. Artemis y Mortal son versiones diferentes del mismo problema. Son, además, los espejos en los que Até y Asteria se ven a sí mismas.

Las dos niñas fuman marihuana, beben, se meten cocaína desde los diez. Até y Asteria se conocieron en en la calle, donde pasan el tiempo. Si algo se le parece a una familia en sus vidas es la pandilla. Asteria se lleva mal con su papá, vive extrañando a su mamá, que murió cuando tenía 10 años, y tiene un hermano en la pandilla Barrio 18.

Até también tuvo familia pandillera. Su padre fue miembro de una de las primeras pandillas de San Pedro Sula: el Barrio Pobre 16, un número neutro entre las dos pandillas más fuertes de Centroamérica, el Barrio 18 y la MS13. El 16, número del que desciende Até, la vincula a través de líneas paralelas a Artemis, la protectora de las criaturas salvajes de varias cuadras más allá. Ella también perteneció a esa pandilla.

A Até su madre la abandonó cuando era una bebé. Su padre fue asesinado cuando ella tenía tres meses. Se crió con sus tías y su abuela. A los 14 años, quedó embarazada de un pandillero que no era su pareja en ese momento y tampoco lo es ahora. Notó su embarazo a los tres meses. Hablar de su hijo le incomoda mucho. Sólo admite con desconfianza que el bebé fue la razón para que dejara de ser colaboradora del Barrio 18.

Cada noche, Até sale a vagar. Así es como dice esta joven de 15 cuando va con sus amigos pandilleros a fumar y beber, o cuando va los sábados con su amiga a la discoteca

Asteria relata su decisión de salirse de la pandilla como quien tuvo una revelación. Estuvo presa por su presunta participación en el asesinato de un hombre. En la cárcel, no podía dormir por las noches. Tenía miedo de estar sola, añoraba a una madre fallecida cuatro años antes como si acabara de morir. Dos meses después de entrar en la cárcel, un pastor evangélico le dijo que no iba a perder ese miedo a dormir sola mientras no se apartara del Barrio. “Yo decía: nunca me voy a salir del Barrio, voy a morir por el Barrio”, explica Asteria. Pero se paró hasta las doce de la noche en la puerta de su celda, pensando en las palabras del evangélico. “Y no me dio miedo”.

Los problemas de la pandilla

¿Cuáles son los problemas más frecuentes que tienen, ustedes los líderes, con las mujeres?”

Mortal: “Es que ellas son más sentimentales, más así que ellas por amor pueden traicionar la pandilla.”

En los últimos cinco años, los tres delitos por los que la policía ha detenido a más mujeres son lesiones, posesión de droga y extorsión. El rumbo de las detenciones policiales de mujeres cambió en 2015, el año en que la extorsión se convirtió en centro del trabajo policial. La policía detiene cada vez a más mujeres colaboradoras por asociarse con los criminales.

Las dos niñas se dedicaron a extorsionar para el Barrio 18 durante los últimos cuatro años. Un día por semana, visitaban pulperías, pedían entre cien (US$4) y quinientas lempiras (US$20 dólares), según el tamaño del negocio. Algunos propietarios cerraban para evitar pagar lo que se llama impuesto de guerra.

La Fuerza Nacional AntiMaras y Pandillas (FNA-MP), —integrada por miembros de la Policía, el Ejército y la Fiscalía de Honduras— opera desde 2013 en el país. Es común que sus policías entren para hacer allanamientos en el sector Rivera Hernández. La institución fue denunciada 60 veces en los últimos cinco años ante el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos. Sobre todo, por abuso de autoridad a la hora de detener presuntos pandilleros.

A principios de 2017, un día después del asesinato de un hombre en el que se implicó a Asteria —y por el que estuvo presa durante un año—, la FNA-MP derribó los dos portones de la casa de Cerrito Lindo en la que ella estaba con un grupo de homies. Asteria dice que los agentes la pusieron contra la pared y la golpearon en las manos y las nalgas con una rama de árbol. “Empiecen a rezarle a Dios porque se van a morir”, dice que les dijeron. Pero llegaron los medios de comunicación y ella detuvo sus rezos.

A Saúl Morales, vocero de la FNA-MP, no le coinciden las denuncias registradas con las que cree tener. “Muchas, muchísimas, como 300 denuncias. Yo he recibido tantas que no las puedo contar”, dice este joven agente de pelo cortado a cepillo, que pide no ser fotografiado. Cuando se le pregunta por el caso de Asteria, no se muestra sorprendido, “a veces se nos ha ido la mano”, admite como si fuera lo más normal al hablar de la brutalidad policial. “Sí ha sucedido, nos hemos dejado llevar por el momento”.

La enemiga del Barrio 18

¿Las mujeres pueden ser líderes, como ustedes?”

Mortal: “Sí, sí han habido. Ahorita no, están presas, pero si han habido locas que han sido pesadas. Congras [líderes mujeres], pues.”

En el mismo sector de San Pedro Sula, en la Rivera Hernández, a diez minutos de Cerrito Lindo, está el lugar donde Artemis trata de proteger a su grupo de criaturas salvajes a medio cocer entre la pandilla y el grupo revoltoso de amigos violentos.

Antes de estar al frente de este grupo de niños armados, Artemis fue como Asteria y como Até. Una chica flacucha y avispada, con una familia muy pobre para la que suponía una carga. Una vez destruida y disuelta su pandilla original, la Barrio Pobre 16, la que compartió con el padre de Ate, también colaboró con el Barrio 18.

Desde hace dos años, bajo su dirección, protección, experiencia, una desarrapada juntura de jovencitos pelea contra el Barrio 18, la MS 13, los Vatos Locos y cuanta pandilla o autoridad que asome las narices por las pocas calles y callejones que ellos controlan.

Desde que empezaron a enfrentarse a la Mara Salvatrucha, la pandilla más grande y poderosa del mundo, el grupo de Artemis patrulla, armado, cada noche por su colonia.

La lucha por el territorio también incluye a la policía, un agresor más. Artemis cuenta como en varias ocasiones entraron a su casa disparando y amenazando. De dentro de las casas, corruptos, se llevan objetos porque, supuestamente, son robados. Pero lo que más le preocupa de los policías no es el robo. Es que cuando los agentes capturan a sus muchachos siempre los torturan.

Tres mujeres. Un mismo rumbo. Até y Asteria chapotean en la cola, tratan de salir a flote en un barrio que es un lodazal violento. Artemis sobrevive por eliminación, a modo de cabeza visible de una hidra en guerra, que cualquier día puede ser cortada, sacrificada, eliminada por los hombres de Mortal, en otro barrio violento.