Por: Héctor A. Martínez*
No se trata de ninguna consigna política o de un grito nostálgico, pero la verdad no puede ser más evidente: los hondureños hemos perdido nuestro país y tenemos el deber de rescatarlo. Las causas: los políticos que representan los tres partidos principales olvidaron el propósito esencial de su existencia, que es el pueblo, y se han dedicado a lo único que saben hacer, que es, mantenerse en el poder para lucrarse a expensas del Estado.
No le busquemos más razones a esta encarnizada y prolongada pendencia que mantienen estos malos políticos y sus patrocinadores que, al amparo del partido, utilizan la enseña para mantener una crisis que se intensifica a medida que se acerca el objeto del deseo que son las elecciones generales. Asegurar los negocios es la verdadera razón de este pleito jamás visto en la historia de Honduras; de esa lucha persistente entre quienes tratan de desmontar la vieja estructura elitista, para instalar, en su lugar, otra tan execrable y pérfida como aquella.
Mientras eso pasa, lo que tenemos frente a nosotros es un país profundamente fracturado: dos sistemas coexistiendo en un mismo territorio, dos lógicas incompatibles, una de dominación y otra de supervivencia. Uno cerrado y elitista, que acapara los recursos, controla el discurso y asfixia las posibilidades ciudadanas; que ha roto toda concepción clásica sobre el Estado para convertirse en una veta de negocios disponibles exclusivamente para quienes custodian las llaves institucionales. Otro, abierto, plural, que lucha cada día para obtener las migas que caen de la mesa del rico epulón, que es el sistema político y económico.
Cuando el poder se ocupa de sí mismo y politiza cada ámbito de la sociedad, el Estado se convierte en un simulacro y la población en un instrumento de dominación que peligrosamente podría caer, en unos meses, en la más humillante de las servidumbres.
Cuando los órganos del sistema político se alejan definitivamente de la gente, suenan las alarmas. Es el momento de llamar las cosas por su nombre; es el tiempo de tomar decisiones sin andar con rodeos ni medias tintas, como hacen muchos que se esconden en los tiempos más oscuros, por cálculo o cobardía. Cuando el sistema miente, nos recuerda Hannah Arendt, la ciudadanía debe decirle la verdad al mundo, por los medios que fueran posibles. En otras palabras, no todo está perdido; aún quedan espacios públicos que nos dan sentido y comunidad y que no están absorbidos ni encadenados al poder.
No es momento para preguntarnos quién nos salvará, sino para conjuntarnos bajo una misma desgracia convertida en causa y fuerza para actuar. “Desde abajo”, sugeriría Slavoj Zizek. Es decir, hay que pensar nuevos pactos ciudadanos, promover justicia, asumir el conflicto y encargarse de él, como decía el extinto padre Ignacio Ellacuría S.J. Tiempo de proponer una nueva sociedad a través de proyectos inclusivos, totalizantes; y de construir espacios de expresión plural; pensar con libertad creativa; replantear la nación.
Pero, antes de soñar y unificar esa sociedad que nos merecemos, hay que rescatarla de aquellos que la mantienen secuestrada, porque somos casi 10 millones y porque, ¿Acaso no somos el motor de la historia, como pensaba Marx, y no esos políticos que hoy nos mantienen en la miseria?





