sábado, marzo 7, 2026

De capos a cultivos: cómo Honduras cambió el escenario del narcotráfico al sembrar en sus montañas

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Honduras frente al espejo del narco: extradiciones sí, solución no

Cuando Honduras comenzó en los últimos años a extraditar importantes liderazgos del narcotráfico hacia Estados Unidos, muchos vieron en ello una luz de esperanza. La idea era clara: sacar del país a los grandes capos implicados en el envío de drogas, desmantelar redes, disminuir la violencia, dar un golpe fuerte al crimen organizado. Pero aunque esas extradiciones dieron un respiro, no han acabado con el narco —y hoy el país enfrenta un nuevo dilema: ya no solo se trata de narcotraficantes trabajando desde domicilios o guaridas, sino de cultivos propios floreciendo entre las montañas hondureñas.

La era de las extradiciones

Hace una década, deportaciones y extradiciones eran las armas más visibles del Estado hondureño en la lucha contra el narcotráfico. Capos de alto perfil fueron capturados, procesados dentro del país o directamente enviados a los tribunales estadounidenses. Esto implicó cooperación internacional, tareas de inteligencia, reforzamiento de las fronteras, decomisos de cargamentos de droga, capturas espectaculares.

Los resultados fueron inmediatos: algunos de los grandes nombres ya no operaban libremente, algunas rutas de tráfico se interrumpieron, agencias de seguridad se vieron obligadas a modernizarse. Se respiró un poco más tranquilo en ciertas zonas.

El nuevo frente: las montañas se llenan de coca

Lo que había sido principalmente territorio de rutas —laberintos usados para mover droga ya procesada hacia los puertos, aeropuertos o fronteras— empieza a transformarse: ahora Honduras es territorio de producción directa.

  • Geografía y aislamiento: Las zonas montañosas permiten cultivos ocultos, con poca vigilancia estatal. Los caminos son difíciles, las comunicaciones limitadas. Esa misma falta de infraestructura y presencia estatal son ventajas para quienes desean sembrar coca u otros cultivos ilícitos.

  • Complicidad y ausencia: Se reportan casos de complicidad local, ya sea por sobornos, amenazas, intimidaciones; también una especie de permisividad social, en comunidades donde muchos viven en pobreza o marginación, y ven en ese cultivo una forma —aunque riesgosa— de subsistencia.

  • El factor del dinero rápido: Las ganancias del narcotráfico siguen siendo enormes. La coca tiene un mercado seguro, la demanda sigue alta, los eslabones de la cadena del narcotráfico ofrecen precios lo suficientemente atractivos para quienes no tienen alternativas económicas.

¿Qué viene ahora?

Si Honduras no actúa pronto y de forma integral, el país podría entrar en una nueva fase en que los carteles locales ya no sean meramente transportistas o facilitadores logísticos, sino productores directos con control territorial efectivo. Esa concentración podría aumentar la violencia, complicar las rutas de intervención, y generar impactos socioambientales más graves.

El camino es exigente, pero la alternativa —dejar que los montes se transformen en fábricas de coca sin barrera alguna— sería un retroceso profundo, para las comunidades, para la naturaleza, para el Estado mismo.

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