domingo, marzo 8, 2026

Insightcrime: Un líder llamado Porky

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* Esta es una investigación de tres partes, “MS13 y Co.”, que examina cómo la MS13 evolucionó desde sus modestos comienzos hasta convertirse en una potencia empresarial con inversiones en numerosos negocios, tanto legales como ilegales, en todo el Triángulo Norte. Este capítulo analiza cómo la MS13 se ha apoderado de varios aspectos del sector del reciclaje de basuras en Honduras, y explora las conexiones entre la pandilla y los peldaños más altos de la política y el empresariado hondureños. 

Un líder llamado Porky

Cárcel de máxima seguridad El Pozo, Santa Bárbara – Julio de 2019

De un enorme pabellón color gris rata, sale uno de los hombres más poderosos de Honduras. Se llama Alexander Mendoza, o tal vez se llame Yulan Adonay Archaga Carías, no se sabe con certeza porque la burocracia y la corrupción gubernamental puede ser tan profunda en Honduras que no se tiene certeza de los nombres de las personajes de esta historia. De lo que sí hay certeza es del nombre con el que lo bautizó la MS13: Porky.

No es un día muy común en la vida de un investigador de pandillas. Esa misma mañana entrevisté a Nahúm Medina, alias “Tacoma”, el líder nacional de la pandilla Barrio 18. Tacoma es un hombre obeso y grande, su rostro está cubierto de tatuajes y ataviado con al menos cinco cadenas gruesas de oro, anillos y aretes brillantes. Como los pandilleros de la MS13 en el basurero, calzaba Nike Cortez. Salió de su pabellón rodeado por una media docena de pandilleros, que apenas hicieron un esfuerzo tímido por camuflar las pistolas bajo sus camisas.

Siendo la MS13 la organización con más territorio y miembros de Honduras, me preparé para un despliegue mucho más ostentoso de parte de Porky. Pero no. Del pabellón color rata sale un hombre menudo, podría decirse que pequeño, vestido con una camisa blanca sin mangas, unos tenis gastados y shorts. Porky es delgado, moreno, de ojos ligeramente almendrados y de andar y hablar sereno.

Porky lleva a San Pedro Sula en la voz. Tiene ese acento inconfundible, metiendo jotas donde van eses y diciendo con sonidos lo que podrían decir las palabras. Viene acompañado de otros dos pandilleros mejor ataviados que él. A diferencia de Tacoma, quien apenas tocó mi mano cuando se la ofrecí mientras miraba hacia otro lado, Porky coge mi mano con las dos suyas y viéndome a los ojos dice: “Mucho gusto, ¿en qué le puedo servir?”.

Si estos líderes pandilleros fueran gobernantes mundiales, basándonos en sus formas y personalidad, Tacoma sería Donald Trump y Porky Ho Chi Minh.

Acá no hay rejas ni candados. Los reos viven en rombos hechos de concreto con grandes ventanas de vidrio antibalas. Los custodios pueden ver lo que hacen las 24 horas del día. En unos de estos rombos hablo con Porky. Se sienta en la misma silla, aún sudada, donde se sentó Tacoma. Ese contacto, piel con sudor, será quizá el contacto más fraterno que ambos hombres puedan tener.

La historia de vida de Porky ilustra la historia de la MS13 en Honduras.

La pandilla empezó siendo un grupo de muchachos “huelepega” en busca de respeto.

Porky cumple a cabalidad la secuencia clásica de las maras centroamericanas: iniciados en Los Ángeles, encarcelados en California, deportados a sus lugares de nacimiento con una nueva propuesta, pobreza comiéndose todo y un país enfocado en otras cosas, niños abandonados por sus familias, deportados encontrando niños sin familia para hacer nueva familia.

Porky era uno de esos niños sin familia. Huyó de su casa cuando tenía alrededor de diez años. Es decir, huyó en cuanto pudo, en cuanto el cuerpo se lo permitió. Pasó varios meses de principios de los años noventa vagando por las calles y durmiendo en los callejones de San Pedro Sula. Se juntaba con otros niños y juntos hacían manada. Robaban carteras y relojes en las calles del centro y las vendían en Barrio el Dandy o las cambiaban por pegamento de zapato o solvente de pintura, las drogas más fuertes que en esos años esos niños podían adquirir.

Porky, y la manada de niños huelepega, no tenían un objetivo que fuera más allá que conseguir la droga de mañana. Callejeaban sin rumbo, como nómadas chiquitos, por las vías de la gran ciudad industrial de Honduras.

Una noche llovió y Alexander Mendoza se refugió en un edificio abandonado, cerca del barrio Barandillas y del centro de la ciudad. Ahí llegaron más tarde otros nómadas. Un grupo de hombres jóvenes que tampoco tenían donde quedarse. Llegaron con su marihuana, sus Nike Cortez, su idioma raro y nunca más se fueron de la vida de Porky.

Eran miembros de la MS13. Entre ellos estaba el “Indio”, de la clica angelina de Leeward Locos Salvatrucha. Un moreno joven, fuerte y con alma de fundador. Si hubiese que establecer en qué momento ese niño dejó de ser Alexander Mendoza y se volvió el Porky, sería ese, cuando conoció a Indio de Leeward, en aquel edificio abandonado mientras caía esa tormenta.

La educación de Porky

Cárcel de máxima seguridad El Pozo, Santa Bárbara – Julio de 2019

Porky me cuenta que desde esa noche lluviosa no se separó jamás de la MS13 ni del Indio, el líder de ese grupo de pandilleros deportados. Indio era un sampedrano que se fue muy joven a Los Ángeles. Ahí, al igual que muchos hondureños y guatemaltecos, se unió a la pandilla de salvadoreños. A fin de cuentas, todos los centroamericanos eran vistos casi como la misma cosa por los diferentes etnogrupos de la ciudad y los hondureños se identificaban más con los salvadoreños que con los mexicanos y, por supuesto, que con los anglos, afroamericanos y asiáticos.

Indio era bueno con las armas. No me consta si disparándolas, pero sí reparándolas. En 1993 consiguió trabajo en la Armería López, una reconocida armería de San Pedro Sula. Aun existe, está sobre la primera calle, en el centro de la ciudad y conserva su vieja publicidad noventera pintada sobre el muro.

Imagen exterior de Armería López en San Pedro Sula. Foto: Steven Dudley/InSight Crime

“Que no le suceda esto”, dice un rótulo. Bajo de este un dibujo de un hombre mayor, sosteniendo un revolver que hace, “clic, clic”. El hombre está cayendo tras recibir un disparo de otro hombre, este joven, gallardo y sonriente, cuyo revolver sí funciona, porque lo compró en ¡Armería López!

En esta armería de publicidad tan explícita encontró Indio de Leeward una forma de ganarse la vida. Por esos años en San Pedro Sula, y me atrevo a afirmar que en todo el norte centroamericano, ser pandillero no implicaba en absoluto tener dinero. Los complejos sistemas de extorsión no existían. Empezarían diez años después. Y el narcomenudeo, el sicariato, el secuestro y el robo estaban ya ocupados por los grupos criminales criollos. Los pandilleros eran algo así como los monjes cartujos del universo criminal: se les respetaba, pero muy pocos querían esa vida.

Indio enseñó a Porky los secretos de las armas en la Armería López. Le enseñó a limpiarlas, a repararlas, a fabricarles piezas faltantes, incluso le enseñó cómo fabricarlas desde cero usando tubos de acero y munición de escopeta, según Porky.

Mientras reparaban correderas y limpiaban el óxido de los cañones, le habló de la historia de la MS13. De cómo en un inicio fueron un grupo de rockeros salvadoreños alucinados por el heavy metal. Le contó sobre los primeros enemigos de la pandilla, en Los Ángeles, aquella tierra soñada de infinita riqueza donde vivían también los señores blancos de Honduras, los dueños de las grandes bananeras. Le habló de una fiesta en donde miembros del Barrio 18 y de la MS13 pelearon, y de cómo después de esa fiesta se buscaron, y se buscan aún, por toda la región para matarse, en una especie de juego serio en donde la vida es el honor, y el honor bien vale la vida.

En 1993, según Porky, corrió sangre Salvatrucha por primera vez en suelo Hondureño. El Barrio 18 hizo el primer movimiento cuando asesinaron a alias «Sored» de la clica de Leeward en la Colonia San José. Después de eso, la MS13 asesinó a alias «Pirata» del Barrio 18. Estos últimos respondieron con otro asesinato y los primeros respondieron de la misma forma y así, en ese círculo de muerte, continúan hasta hoy. Lo que empezó con Sored y Pirata dio frutos. Frutos amargos, nocivos, frutos de sangre, pero frutos al final.

La MS13 se propagó por San Pedro Sula y las ciudades aledañas. Los deportados cayeron como lluvia e hicieron florecer en la pandilla a toda una generación de niños y adolescentes pobres. Para 1994 ya la tercera calle del centro de la ciudad se consideraba un núcleo importante de la pandilla. Ahí llegaban desde todas las colonias de la ciudad donde los deportados sembraron semillas.

Ahí estaba el Liceo Morazánico, de donde salieron cuadros importantes como alias «Food» de Leeward, «Codi» de Leeward, «Peluche» de Leeward o «Chispa» de Leeward. Ellos jamás habían caminado sobre ningún lugar de Los Ángeles, ni mucho menos sobre Leeward, la calle angelina que sirvió como inspiración para el nombre de la clica. Pero sí su padrino, el Indio. Así que los bautizó como si fueran de esa misma ciudad estadounidense. Para las pandillas de origen californiano la clica es el apellido.

Alrededor del Liceo Morazánico, en la tercera avenida del barrio concepción de San Pedro Sula, hicieron su lugar. En buena medida por razones más relacionadas a la vida adolescente que a una aspiración criminal: las muchachas.

“Ahí llegábamos a muñequiar. Ver las muñecas pues. Ahí nos juntábamos la grulla [el grupo] a ver si conseguíamos algo”, dice Porky.

Una de esas jóvenes recuerda muy claro aquellos años. Para ella la salida de clases era como ir a una fiesta. Afuera estaban los de la MS13 y este hecho, que espantaría a padres de familia y convocaría a militares y policías ahora, en 1994 era visto como algo molesto, poco deseable, pero normal. Muchachos rebeldes visitando a mujeres jóvenes del liceo.

Frente al liceo un pandillero conocido como el “Noise”, de la clica de Normadie, encendía, a las 12:30 del medio día, hora de salida del liceo, una radio de baterías y bailaba el breakdance que había aprendido en California. Era una especie de espectáculo cotidiano que ofrecía el joven pandillero. Alrededor de él se iban pegando decenas de muchachos y muchachas hasta formar un círculo. La cosa se ponía mejor cuando el Noise se atrevía a soltar algunas líricas improvisadas de rap.

A un costado del círculo de Noise, en una tienda pequeña de nombre Salsita Picante, otros pandilleros de la MS13 tomaban refrescos, y a unos metros otros hacían competencia de videojuegos en un modesto negocio llamado Maquinitas Milenium. Lugares anodinos, historias chiquitas. Así empezó la historia de la pandilla más poderosa de Honduras.

El ‘Capitán’ del basurero

Basurero municipal de San Pedro Sula – Septiembre de 2021

El basurero de San Pedro Sula es el eslabón más bajo de la cadena económica de la ciudad. Debajo solo la indigencia inválida de los alcohólicos y drogadictos. Sin embargo, acá también hay castas. Es septiembre de 2021 y “Capitán”, el recolector más antiguo del basurero, hace un gesto enérgico con sus manos artríticas y los demás recolectores se apartan. El camión que viene entrando es solo de él. No trae nada diferente. Es la misma masa deforme de materia podrida y plásticos indescifrables, la diferencia es que estos son solo suyos.

Dos niños trabajan para él y con palos apartan frenéticamente todo el plástico que pueden y lo meten en unas enormes bolsas de nylon que llaman “sacas”. Es una operación rápida. No tienen mucho tiempo. Un tractor con pala frontal se lleva la basura nueva pasados diez minutos y la tira por una ladera de basura vieja que a su vez cae en un llano de basura podrida. Basura sobre basura.

Capitán es el responsable frente a la MS13 de mantener el orden entre los trabajadores. Es un capataz en este campo de basura. Todas las personas que recogen desperdicios acá son, de alguna forma, trabajadores de la MS13. Todo el plástico, el cobre y el nylon que ellos recogen es vendido por kilo al final del día a la MS13 a un precio menor que el del mercado oficial de reciclaje.

La MS13 almacena estos materiales, los clasifica y posteriormente se lo venden, a través de un testaferro, a las grandes empresas trasnacionales de reciclaje, según entrevistas realizadas a trabajadores en el basurero y líderes comunitarios en El Ocotillo. Hay varias operando en esta parte de Honduras, pero la mayor parte de estos residuos son vendidos a Invema, una empresa trasnacional de reciclaje que opera en Centroamérica y el Caribe.

La MS13 no admite competidores en el basurero. La gente que busca desechos ahí deben vendérselos a ellos, según Capitán. Si alguien intenta llevarse basura de contrabando, y buscar un mejor precio afuera, será duramente castigado por los pandilleros y quien se lo compre también. La mano invisible, de la que habló Adam Smith, según la cual el mercado se regulaba solo, parece haber sido amputada en este lugar.

 

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