domingo, marzo 8, 2026

«Sugar daddies»: las mujeres que tienen relaciones con hombres mayores para financiar una vida glamurosa

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Pero en Kenia, así como en otros países africanos, este tipo de relaciones parecen haberse hecho más frecuentes y más visibles: lo que antes se escondía, ahora es público, en los campus universitarios, en bares y ahora en Instagram.

Eva, una estudiante de aviación de 19 años, estaba sentada en su minúscula habitación en cuarteles compartidos en la localidad de Kitengela, Kenia, sintiéndose arruinada, hambrienta y desesperada.

Utilizó los 100 chelines kenianos que le quedaban en la cartera y tomó un autobús al centro de la ciudad, donde buscó al primer hombre que le pagase por tener sexo con él. Tras 10 minutos en un callejón sórdido, Eva volvió a Kitengela con 1.000 chelines, suficiente para comer el resto del mes.

Hace seis años, cuando estaba en la universidad, Shiro conoció a un hombre casado casi 40 años mayor. Al principio, recibía de él solo comestibles. Luego fueron viajes al salón de belleza.

JaneDerechos de autor de la imagenNYASHA KADANDARA
Image captionJane, estudiante, admite que tiene dos «patrocinadores».

Dos años después del comienzo de la relación, el hombre la mudó a un nuevo apartamento porque quería que estuviera más cómoda. Dos años después, le dio a Shiro un pedazo de tierra en el condado de Nyeri como muestra de compromiso.

La experiencia de Eva es sexo transaccional en su forma menos adornada, un encuentro rápido causado por la desesperación.

IlustraciónDerechos de autor de la imagenMICHAEL SOI
Image captionIlustración de Michael Soi

La historia de Shiro ilustra un fenómeno más complejo: el intercambio de salud y belleza por ganancias financieras duraderas, motivado no por el hambre sino por las aspiraciones, embellecido por las estrellas de las redes sociales, con frecuencia envuelto en las formas de una relación.

Los hombres mayores siempre han usado los regalos, el estatus y la influencia para comprar el acceso a mujeres jóvenes. El «sugar daddy», como se conoce en inglés a estos hombres «de azúcar», probablemente ha estado presente en las sociedades durante tanto tiempo como la prostitución.

Algo más aceptado

Es difícil saber cuándo esto cambió. Pudo ser en 2007, cuando se filtró la famosa cinta sexual de Kim Kardashian, o un poco después, cuando Facebook e Instagram tomaron el mundo, o quizás cuando el internet 3G llegó a los teléfonos celulares africanos.

Pero de alguna forma se ha llegado al punto en el que tener un «espónsor» se ha convertido en algo aceptado por muchos jóvenes, e incluso una elección de un estilo de vida glamuroso.

Solo hace falta visitar los barrios de estudiantes de Nairobi, le dijo un reciente graduado a la BBC, para ver cuán extendida es esta cultura.

«En una noche de viernes, vayan a sentarse afuera de la Box House (un hostal de estudiantes) para ver qué tipo de coches pasan: conductores de ministros y políticos enviados para recoger a chicas jóvenes», dice Silas Nyanchwani, quien estudió en la Universidad de Nairobi.

«Hasta hace poco no había datos que indicaran cuántas mujeres jóvenes de Kenia están involucradas en estas relaciones «azucaradas». Pero este año el Centro Busara de Economía Conductual realizó un estudio para BBC África en el que interrogó a 252 estudiantes universitarias de edades comprendidas entre los 18 y los 24 años.

Concluyeron que aproximadamente el 20% de las jóvenes que participaron en la investigación tenían o han tenido un «patrocinador».

El tamaño de la muestra era pequeño y el estudio no totalmente aleatorio, por lo que los resultados solo dan una indicación de una posible cifra y no se pueden tomar como definitivos.

Además, solo un pequeño porcentaje admitió abiertamente tener un «sugar daddy». Pero, curiosamente, al hablar de los demás, no de ellas mismas, las mujeres jóvenes estimaron en promedio que el 24% de sus pares habían tenido una relación sexual transaccional con un hombre mayor, una cifra muy cercana a la alcanzada por los investigadores.

La estudiante

JaneDerechos de autor de la imagenNYASHA KADANDARA
Image captionJane dice que en sus relaciones también hay amistad e intimidad.

Jane, una estudiante keniana de 20 años que admite sin problemas tener dos patrocinadores, no ve nada vergonzoso en esas relaciones: son parte del ajetreo cotidiano que se necesita para sobrevivir en Nairobi, dice ella.

También insiste en que sus relaciones con Tom y Jeff, ambos casados, implican amistad e intimidad, además de intercambio financiero.

«A veces te ayudan, pero no siempre se trata de sexo. Es como si solo quisieran compañía, quieren a alguien con quien hablar», dice.

Gracias a un conjunto de mitos sobre las «proezas sexuales tribales» y los estereotipos sobre los «guerreros africanos», los samburu y otros parecidos a ellos son particularmente atractivos para las «mujeres de azúcar» (sugar mummies) locales y extranjeras.

Algunos pueblos samburu, dice, afirman que no han podido defenderse de las incursiones ganaderas de tribus vecinas porque muchos jóvenes han emigrado a la costa para convertirse en chicos de la playa.

«Un chico de la playa es alguien que se levanta por la mañana, fuma un porro, se acuesta debajo de un cocotero esperando a una mujer blanca vestida de bikini que pasa por la playa y corre tras ellos», dice el artista Michael Soi.

Pero como la mayoría de los que dependen de estas relaciones son mujeres, ellas han dominado el debate público. Existen preocupaciones sobre la moralidad de su estilo de vida, pero también sobre las consecuencias para su salud.

El riesgo del VIH

Kerubo, una joven de 27 años de Kisii en el oeste de Kenia, sostiene que tiene control sobre su relación con su sugar daddy, Alfred. Pero cuando le pregunto sobre sexo seguro, esta ilusión se evapora rápidamente.

Tanto Alfred como su otro patrocinador, James, prefieren no usar condones, dice ella. De hecho, ella ha tenido relaciones sexuales sin protección con múltiples sugar daddies, que luego tienen relaciones sexuales con otras mujeres, así como con sus esposas, exponiendo a todas estas parejas al riesgo de enfermedades de transmisión sexual.

 

 

Bridget AchiengDerechos de autor de la imagenNYASHA KADANDARA
Image captionAlgunos piensan que en la sociedad keniana hay mucha hipocresía.

Mildred Ngesa, embajadora del grupo activista global Female Wave of Change, cree que después de décadas en las que las mujeres han luchado por el derecho al voto, a poseer tierras o a ir a la escuela, la «opción» de participar en estas relaciones está impregnada de contradicciones.

«Si decimos que tiene derecho a ser una prostituta, la enviaremos de vuelta a las fauces del patriarcado«, asegura.

Pero, ¿es prostitución o algo diferente de una manera sutil pero importante?

Jane, la estudiante, hace una distinción, argumentando que «en estas relaciones, las cosas se hacen según tus condiciones», y la doctora Kirsten Stoebenau, una científica social que ha investigado el sexo transaccional en Kenia, está de acuerdo en que esto es significativo.

«Solo se convierte en trabajo sexual cuando la mujer que participa en estas relaciones describe a sus parejas sexuales como clientes, cuando se describe a sí misma como involucrada en la economía sexual y cuando el encuentro y el intercambio son prenegociados, explícitos, generalmente remunerados de inmediato y muchas veces desprovistos de cualquier conexión emocional», dice.

Grace, la aspirante a cantante que lucha por poner comida en la mesa, tiene una perspectiva ligeramente diferente: para ella, las similitudes con el trabajo sexual son más evidentes.

«Prefiero tener un patrocinador que estar de pie en la calle», dice. «Porque tienes a esa única persona que te está apoyando… no necesitas dormir con tantos hombres».

El artista Michael Soi señala que Kenia sigue siendo en la superficie una sociedad religiosa con costumbres sexuales tradicionales, pero solo en la superficie.

Mujeres

Aquellos que deploran el sexo antes del matrimonio y la infidelidad en el matrimonio raramente practican lo que predican, argumenta, y la condena de las relaciones «azucaradas» está manchada por la misma hipocresía.

«Estamos constantemente bombardeados con ética moral y con lo que la religión permite y no permite. Pero es todo fingido«, dice. «Solo estamos enterrando nuestras cabezas en la arena y haciendo como si estas cosas no sucedieran».

Para muchos jóvenes kenianos, los valores propugnados en las familias, las escuelas y las iglesias simplemente no se alinean con las realidades económicas del país, o no pueden competir con las tentaciones materiales que, en la era de la telerrealidad, la televisión y las redes sociales, son visibles en todas partes.

 

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