Por Unidad de Investigación Especial
Caracas, 14 de enero de 2026
La caída de Nicolás Maduro marcó un punto de quiebre histórico para Venezuela, pero no significó el fin inmediato del aparato de control que sostuvo al chavismo durante más de dos décadas. Por el contrario, el arresto del exmandatario y su traslado a Estados Unidos el pasado 3 de enero detonó un despliegue de fuerza que dejó al descubierto a uno de los actores más temidos y determinantes del poder político venezolano: los colectivos armados.
Desde la madrugada de ese viernes, Caracas amaneció bajo una atmósfera de intimidación. Hombres encapuchados, armados con fusiles y desplazándose en motocicletas, comenzaron a patrullar sectores estratégicos de la capital. Su presencia no fue casual ni espontánea. Videos difundidos en redes sociales y aplicaciones de mensajería mostraron retenes improvisados en avenidas principales, vigilancia armada en zonas comerciales y control territorial en barrios históricamente vinculados al chavismo.
“Era un mensaje claro de miedo”, relató una comerciante del sector La Pastora, quien pidió no revelar su identidad. “No estaban allí para cuidar a nadie, estaban allí para que la gente entendiera quién sigue mandando”.
De guardianes ideológicos a poder armado informal
Estos grupos, conocidos en Venezuela como colectivos, surgieron durante el gobierno de Hugo Chávez como organizaciones comunitarias con una fuerte carga ideológica. Respaldados por el Estado, fueron armados y financiados bajo la premisa de defender la Revolución Bolivariana frente a enemigos internos y externos.
Sin embargo, con el paso de los años y el deterioro institucional del país, los colectivos evolucionaron hacia estructuras cada vez más paramilitares. Durante el mandato de Maduro, se consolidaron como fuerzas de choque en protestas opositoras, actuando con violencia y, en muchos casos, en coordinación tácita con cuerpos de seguridad del Estado.
La crisis económica que asfixió a Venezuela durante la última década redujo el flujo de recursos oficiales hacia estas organizaciones. Esa escasez los empujó a diversificar sus fuentes de ingreso, cruzando definitivamente la línea entre militancia política y criminalidad organizada.
Hoy, los colectivos combinan su rol político con actividades ilícitas como extorsión a comerciantes, secuestros selectivos, control del mercado de alimentos subsidiados, invasión de propiedades y administración de negocios legales e ilegales en los territorios que dominan.
Control social y alianzas políticas
Más allá de la violencia, el verdadero poder de los colectivos radica en su control social. En numerosas comunidades populares, estas agrupaciones regulan el acceso a alimentos, servicios públicos, transporte y seguridad. Imponen normas, aplican castigos y actúan como intermediarios entre los vecinos y el Estado.
Este sistema de gobernanza paralela ha sido sostenido por una compleja red de alianzas políticas. Dirigentes locales del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), incluyendo alcaldes, concejales y gobernadores, han servido como enlaces entre los colectivos y el poder central.
Uno de los casos más citados es el del barrio 23 de Enero, bastión histórico del chavismo en Caracas, donde colectivos como La Piedrita y Tres Raíces han operado con amplio margen de acción. Fuentes políticas señalan que la alcaldesa de Caracas, Carmen Meléndez, mantuvo acuerdos con líderes de estas organizaciones, que habrían apoyado activamente sus campañas electorales a cambio de contratos y concesiones.
En las altas esferas del poder, el ahora ministro de Interior y Justicia, Diosdado Cabello, ha sido señalado como uno de los principales interlocutores de los colectivos. En el último año, Cabello sostuvo reuniones públicas y privadas con sus dirigentes, reforzando su rol como garante del ala más radical del chavismo.
Un nuevo tablero tras el arresto de Maduro
La detención de Nicolás Maduro reconfiguró el equilibrio interno del chavismo. La llegada de Delcy Rodríguez a la Presidencia, respaldada por su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, abrió una pugna silenciosa por el control del movimiento.
En ese escenario, los colectivos se han convertido en una ficha clave. Analistas coinciden en que su respaldo armado podría inclinar cualquier disputa interna dentro del PSUV, especialmente si el enfrentamiento entre Rodríguez y Cabello se profundiza.
Las primeras señales ya han aparecido. Horas después del arresto de Maduro, Valentín Santana, líder histórico del colectivo La Piedrita, difundió un video en el que acusó a sectores del chavismo de “traición” y lanzó amenazas directas contra Estados Unidos y cualquier intento de intervención extranjera.
“Pueden entrar, pero van a salir en bolsas negras”, advirtió, en un mensaje que recordó los discursos más beligerantes de los años de mayor confrontación política.
¿Protección o amenaza para el nuevo gobierno?
Aunque el nuevo gobierno chavista ha intentado enviar señales de moderación a la comunidad internacional —especialmente a Washington—, el peso de los colectivos representa un dilema estratégico. Estados Unidos podría exigir el desmantelamiento de estos grupos armados como condición para cualquier acercamiento diplomático o alivio de sanciones.
No obstante, desactivar a los colectivos implica enfrentar a una estructura armada con profundo arraigo territorial, entrenamiento y vínculos políticos de alto nivel. Para figuras como Cabello, señalado por la justicia estadounidense por presuntos vínculos con el narcotráfico, los colectivos representan tanto una línea de defensa como un instrumento de presión.
Por ahora, estos grupos parecen adoptar una postura pragmática, negociando su supervivencia con el poder de turno. Pero su lealtad histórica al chavismo radical y su dependencia del uso de la fuerza los convierten en un factor de inestabilidad latente.
En la Venezuela post-Maduro, los colectivos no solo sobreviven: emergen como uno de los principales árbitros del poder, capaces de sostener gobiernos, desatar violencia o inclinar el rumbo político de un país que sigue atrapado entre el miedo y la incertidumbre.





