«Te ves esplendida, te extrañé» fueron las dulces palabras con las que Harry de Inglaterra recibió a su novia-ahora esposa- Meghan Markle en el altar. Entre risas y miradas cómplices, el príncipe inglés y la actriz estadounidense dieron el sí frente a cientos de invitados, y millones de espectadores en todo el mundo.
El arzobispo de Canterbury, Justin Welby, líder espiritual de la Iglesia anglicana, tomó los votos matrimoniales a los novios, a los que describió como «muy sencillos y humildes». Los enamorados mantuvieron las manos apretadas durante gran parte de la ceremonia.
Cuando Harry, de 33 años y sexto en la línea de sucesión al trono, dijo «I will», el rugido de emoción de la multitud congregada en el exterior del castillo llegó hasta la iglesia, provocando risas entre los asistentes.
La boda tuvo toques del mestizaje transátlantico que encarna la pareja, como el sentido sermón del pastor estadounidense Michael Curry, o la versión de la canción «Stand By Me» que hizo un coro de gospel.
Horas antes del enlace, la reina Isabel II de Inglaterra nombró a Harry duque de Sussex, conde de Dumbarton y barón de Kilkeel, respectivamente, un título nobiliario inglés, escocés y norirlandés, como manda la tradición y que ahora comparte con Markle.
Tras toda la polémica suscitada por la ausencia de su padre Thomas Markle, por problemas de salud y un escándalo con paparazzi, Meghan recorrió prácticamente sola todo el camino hasta el altar de la capilla Saint George del castillo de Windsor.
Markle llevaba un vestido blanco diseñado por la británica Clare Waight Keller para Givenchy, con velo y el pelo recogido con una tiara, y se tomó del brazo de su suegro, el príncipe Carlos, a muy poca distancia del altar.





