sábado, abril 20, 2024

La Triple Moral de los Gringos.

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Por César Indiano

El afamado juicio contra la recua de malvivientes que hoy confiesan – a través de relatos escalofriantes – cómo llevaban a cabo sus fechorías y cuáles eran los tenebrosos móviles por los cuales mataban y robaban a sus enemigos del hampa, es el espectáculo en directo más entretenido que los hondureños hemos vivido, por lo menos, en las tres décadas recientes.

Pero, una cosa es alimentar a la prensa en su cometido de generar un morboso entretenimiento 24/7, y otra cosa, muy distinta, es mirar lo que hay debajo de este penoso espectáculo judicial. El juicio, gestionado con minuciosa dedicación por la Corte del Distrito Sur de New York, ha sido un completo caos desde el inicio. Dio comienzo con un prejuicio en el cual La Fiscalía – citando a Shakespeare – presentaba a unos pobres diablos como los demonios vivientes más peligrosos del planeta.

Desde el minuto uno, se notó que los criminales citados (incluyendo al acongojado exmandatario hondureño Juan Orlando Hernández) ya estaban fritos y servidos.

Entendimos, claramente, que Raymond Colon no metería ni las manos en la batería de pruebas testificales y periciales, y esto más, que su defensa sería tímida, conformista y legalista. A parte de las torpezas mostradas en los interrogatorios (monótonos y repetitivos) Colon no demostró audacia ni pasión, ni deseos de escudriñar el caso más sonado de “inculpación internacional” que se haya visto en la historia del derecho. Colon cayó en la trampa del “prejuicio moral gringo” y jamás entendió la magnitud política del litigio.

Colón debió haber comenzado por demoler el Prejuicio que la corte blandió en el comienzo, citando por ejemplo a Francisco de Quevedo cuando decía “Ningún vencido tiene justicia, si lo ha de juzgar su vencedor” o parafraseando a Abraham Lincoln, cuando apuntaba “siempre he encontrado que la misericordia, da frutos más ricos que la justicia estricta” .

A continuación, Colon debió entender que no estaba ahí para ganar dinero; si no, gloria. Que llegó hasta esas instancias para mostrar las evidencias de la triple moral americana en la materia penal, diplomática y política. Tenía que demoler el frívolo argumento de “la ceguera consciente” levantado por funcionarios de confianza como Mike Pence, Mike Pompeo o John Bolton, quienes, en su momento, elogiaron los logros en materia de seguridad conseguidos en el Triángulo Norte por los “buenos oficios del presidente Juan Orlando Hernández”.

Colon estaba obligado a demostrar que, aun demonios de la peor calaña, pueden acceder a las cribas de la justicia y a la jurisprudencia ¿Por qué?

Simple, porque después de varias décadas de hipocresía y diplomacia, Los Estados Unidos de América perdieron la brújula moral para juzgar, atrapar y condenar a los criminales propios y ajenos. En realidad, es la triple moral americana la que produce – en nombre de la arrogancia – unos índices de criminalidad que jamás habíamos visto no únicamente dentro de los Estados Unidos, si no, y, como consecuencia, en todo el subcontinente.

Los malvivientes latinos no podrían – por cuenta propia – llevar los índices de iniquidad al nivel de hoy si los malhechores gringos no los adiestraran y los inspiraran. El tráfico incontenible de drogas, armas, personas, órganos y mano de obra barata, es una industria colosal en sí misma, pero, los cimientos económicos de esos jugosos delitos están dentro de los Estados Unidos. Los marcos jurídicos se fueron ensanchando en nombre del derecho, de modo, que los ciudadanos americanos pueden “delinquir legalmente” dentro de la nación más rica y más corrompida del planeta.

Por otra parte, la rica industria del crimen organizado convive, de forma sincronizada, con las trasferencias legales que el Estado Norteamericano envía a las subregiones para mantener con vida una supuesta supremacía geoestratégica en la región. El saqueo, la tecnocracia y el despilfarro, han alcanzado cuotas imperiales. Los impuestos para existir dentro de los Estados Unidos, se han triplicado bajo el pretexto de que América debe subsidiar los caprichos, los disparates y los derechos de sus aliados estratégicos. Esto quiere decir, pagar para que los quieran.

Lo que hacen los hampones en las maniguas y en los barrios calientes de las urbes latinas, está inspirado en películas, series y documentales norteamericanos. De las películas y series televisivas que los gringos premian con su segunda moral hollywoodense, los malvivientes extraen las ideas y las estrategias para delinquir impunemente. La moneda de curso legal entre los narcotraficantes es el Dólar Americano y los montos encontrados en las caletas de los delincuentes son astronómicos, esto significa que la droga es un producto apetecido, altamente cotizado, por una sociedad enferma y drogadicta, ésa es la Norteamérica de hoy.

Así que, mientras martirizan a esos malhechores en la Corte del Distrito Sur de New York, cientos de buques, furgones y mulas siguen ingresando a los Estados Unidos bajo el manto protector de millones de enfermos que darían un ojo de la cara por obtener ese polvo maldito. Un abogado audaz les preguntaría a los gringos en su propia cara ¿son estos pobres diablos, personas de baja calaña, instintivos y básicos, los autores intelectuales de una industria sofisticada que ustedes mismos financian y sostienen?

Los gringos se han constituido – por cuenta propia – en “guardianes del mundo”, tanto dinero derrochan en las batallas de Ucrania como en los conflictos de Gaza, de igual modo, circulan valijas de dinero legal en las selvas colombianas y en las sierras de Centroamérica, porque todos los políticos de la periferia se aprovechan del Tío Rico para poner en marcha programas estatales fallidos y maniobras militares que jamás producen resultados. Por favor, qué son 300 mil dólares disputados a puñaladas en el bajo mundo de los cárteles, en comparación con los derroches billonarios que los gringos derraman en estupideces.

El problema es que las tres morales gringas tienen serias contradicciones intrínsecas, se anulan y se validan entre sí. Se diluyen en sus propias confusiones, porque, por un lado, desean castigar severamente a aquellos que les meten el polvo por las fosas nasales, y, por otro, se plantean ante el mundo como celosos Defensores de Derechos Humanos, diciéndole a la gente que pueden hacer de su nariz una alcachofa y de su culo un florero. Por ejemplo, ellos trajeron a América Latina la absurda doctrina de que los niños no deben trabajar, como consecuencia, hoy tenemos las casas llenas de ineptas criaturas rebeldes y las calles infestadas de jóvenes inútiles e indolentes: candidatos perfectos para integrar las bandas criminales.

Como dice Moisés Naim en su libro, el ingenio delictivo de los actos ilícitos no tiene límite ni fin, las fronteras ya no pertenecen a nadie, son los nuevos territorios soberanos de los criminales. Pero, eso sí, las verdaderas cabezas que coordinan, traman y financian las depravaciones modernas, viven dentro de los Estados Unidos de América; escondidos bajo la triple moral de los gringos.

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