domingo, marzo 8, 2026

PERFILES ¿Quién necesita enemigos?

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Carolina Alduvín

Hablando de funcionarios ineptos, hay un muy disputado empate entre el suertudo y el incendiario. El primero empecinado en destruir un paraíso de clase mundial, luego de tres intentos fallidos, sigue labrándose la estaca y amenazando ambientalistas. El otro, añadiendo otro eslabón a su cadena de pifias; inaugurada hace algunos años al prender fuego a una sede diplomática, lo que le ha granjeado la condecoración con varios cargos para los que no ha dado el ancho. Dada su animosidad a la hora de querer pasar en el Congreso una polémica ley, consiguió que los diputados de un partido que no es el suyo, reconsideraran su voto y así, su proyecto sigue en suspenso. Los empresarios se salvaron de la trasquilada con la que ya, el autosaboteado se frotaba las manos.

Como premio de consolación; el usurpador, convencido de que las cosas se logran a leñazos, coloca su mejor perro de garra, como representante de los refundidores en el órgano electoral. Le confía, nada menos que la consumación del fraude que están cocinando desde el momento mismo que la supuesta popularidad de su gobierno comenzó a declinar. Que su antipática reina de diamantes no levanta, pese al millonario financiamiento con nuestros impuestos a su fallida campaña. Que cada día que pasa, más y más fisuras resquebrajan su refundido club de corruptos con opción a inscribir planillas al proceso electoral. Lo imagina la mejor opción para intimidar, fraguar y arrebatar un imposible gane, si la contienda ha de ser limpia. Dado el fantasma de las extradiciones, no pueden darse el lujo de soltar el poder que tanto han concentrado a imagen, semejanza y aprovechando las estructuras que les dejara montadas su mentor, el expresidente que tanto criticaron.

Con gala de torpeza escudada en el irrespeto y la prepotencia, siente que la presidencia del organismo la tiene segura en el momento que les conviene. Ignora el protocolo –mismo que sólo experimentados profesionales del derecho tejen y manejan— como si ya fuese el mandamás, y como tiene que atender las francachelas del poder, alucina que cumplir los preceptos legales se hace cuando y donde le conviene, recostado en un supuesto pacto político que ni siquiera tuvo la capacidad de negociar. Las damas; apegadas a la ley, lo bajan a la realidad y presentan con toda la formalidad del caso, la propuesta de rotaciones en el Consejo. Resultado, una posición que no le favorece para cumplir la aviesa misión de consumar el fraude ya montado. El profesionalismo de las otras consejeras, augura entendimientos destinados a desalojarlos.

¿Su reacción? La típica del cipote malcriado que no alcanzó a arrebatar el confite favorito salido de la piñata. Un épico berrinche ofendiendo a las agrupaciones políticas que lograron acuerdos. Una luz de esperanza para salvar la democracia; sin embargo, el usurpador ha movido piezas a su favor, algunas no las ha podido controlar, pero confía en la traición de los corruptibles, en la sumisión de quienes tienen cola de donde pudiesen ser suspendidos. La guerra no se ha ganado, si una batalla que, lo que va a lograr es que las maniobras se tengan que hacer tan burdas como en Venezuela. Para eso mandaron a un par de desubicados, dizque a observar unas competencias entre soldados, aunque hasta los más despistados deducen que la misión fue otra.

El banderazo de salida se ha dado, la favorita del rey es la única que goza de la confianza suficiente para supervisar a aquellos cuyo mandato constitucional no es robarse las elecciones, pero pudieran recibir órdenes en tal sentido; al fin y al cabo, algo ya les instruyeron en el manejo de los aparatos en que se programa la transmisión y el conteo de las actas. Es probable que, faltando a su deber, lleguen a violar la Carta Magna en su Artículo 45, con respecto a los ciudadanos que gusten observar de cerca los conteos en las juntas receptoras de votos. O, se hagan de la vista gorda con aquellos que materialicen tales acciones ilegales. O bien, podrían decidir comportarse ante la ciudadanía y observadores internacionales, en los centros de votación, mientras prestidigitadores informáticos nos dejen adivinando dónde quedó la bolita.

Quien encarga un mandado a un torpe, corre el riesgo de que la misión no resulte exitosa, pero hay planes B a la Z. La oposición, lejos de confiarse, debe más que nunca hacer un solo frente y un solo objetivo: expulsar del poder a los delincuentes en turno.

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