Asesinatos y saqueos hunden a la ciudad en el miedo

Monimbó, el barrio de Masaya que en su día prendió la mecha de la revolución contra Somoza y este año se convirtió en símbolo de la resistencia civil de los estudiantes, es ahora un lugar desolado, de calles semi desiertas. En cuanto la tarde declina, cierran los comercios y oficinas, y los vecinos se apresuran para llegar a sus casas antes de que oscurezca. «De noche no queda nadie», agrega la mujer, natural de Masaya, «capital de las flores» de Nicaragua, y residente en Monimbó desde que tiene memoria.
«Las caravanas de hasta diez camionetas [todoterrenos] con paramilitares y antidisturbios pasan tres o cuatro veces por delante de mi negocio [tienda] por el día y no sé cuántas por la noche». Recorren la ciudad, situada a 29 kilómetros de Managua por una buena carretera y, en especial, Monimbó, para cazar estudiantes que participaron en las protestas. Les secuestran y después aparecen en el penal El Chipote de Managua, acusados de terrorismo. También es una manera de amedrentar a la población para eliminar cualquier atisbo de crítica pública y recobrar el control absoluto del país.
«Se llevaron hasta al párroco de la iglesia de la Magdalena, porque decían que daban armas y protegía a los estudiantes, pero lo tuvieron que soltar la semana pasada porque es mentira», agrega.
Al concluir la entrevista, la señora advierte que lo aconsejable cuando uno se topa con esas fuerzas armadas irregulares y con los antidisturbios, apostados en puntos neurálgicos de la población, es clavar los ojos en el suelo y seguir caminando como si nada. «No se cruce las miradas con ellos porque uno no sabe qué puedan hacer».
Al preguntar a una mujer en la calle por una dirección y aprovechar para conocer su visión de lo que está ocurriendo en Monimbó, rompe a llorar. «Vivimos una pesadilla. Sufro por mis hijos. Los paramilitares se llevan jóvenes por las noches, los sacan de sus casas. Es horrible», murmura, temerosa de que alguien pueda escuchar, aunque no hay en ese momento un alma a la vista. Conoce a vecinos con vástagos presos y sabe de su calvario.
«Ser estudiante hoy en Nicaragua es ser delincuente», anota un universitario de la UNAN. Perdió el semestre por los paros y la negativa de los profesores a volver a las aulas si no les pagan los salarios de los tres meses que no pudieron dictar clases. El chico se desplaza desde Managua para una fugaz visita a su madre. «A ella no le gusta que venga, le da miedo. Ella querría que me fuera del país a Costa Rica o a Panamá por todo lo que está pasando». Y eso que el chico nunca participó en las revueltas porque estaba centrado en los estudios.





