viernes, agosto 12, 2022

Columnas y opiniones: ¡La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas!

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¿Esperanza para los hondureños?

LETRAS LIBERTARIAS
Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo)

No podía habérsele ocurrido mejor frase al antipoeta chileno Nicanor Parra para describir el desorden ideológico que impera en el mundo de hoy. Tengo en mi haber un par de obras del discordante y excéntrico autor de “El último apaga la luz” y de “Discursos de sobremesa” que me trajo mi hija mayor cuando hacía sus estudios de posgrado en la Universidad de Chile.

El eslogan no dejó de arrancar las iras de los que se alinean con los astros del izquierdismo, porque sintieron que era una verdadera blasfemia haberlos metido en el mismo saco junto a la derecha. Pero Parra mandaba a decir otra cosa en su mensaje: aunque ambos guarden distancias ideológicas en sus métodos políticos, y utilicen un discurso bastante disímil en sus agendas, las intenciones siguen siendo las mismas: engañar a la mitad del pueblo con falsas promesas y, una vez puestos en el poder, dar un autogolpe y proclamarse como los salvadores de los más necesitados.

Hoy en día se han puesto muy de moda las izquierdas y las derechas de todo género y especie. Unos dicen ser de “centroizquierda”, mientras otros aseguran ser de “centroderecha”, como si se tratara de posiciones en un equipo de futbol. Es decir, existe una diversidad ideológica para todos los gustos, cada uno albergando sus propios mitos y creencias. Esa orgía ideológica le está causando un grave daño epistemológico a las nuevas generaciones, a tal grado que las doctrinas originales de los partidos han sido usurpadas por una legión de políticos demagogos que levantan las banderas del progreso, utilizando un discurso al que solo le han cambiado las fechas de vencimiento. En nombre del socialismo, Hugo Chávez prometió acabar con la pobreza y la corrupción, mientras creaba una poderosa estructura monopartidista soportada por una legión de gamberros autorizados para prenderle fuego a cualquiera que se opusiera a los planes del poder. Chávez les creyó a sus asesores marxistas -como Marta Harneker-, que él reencarnaría el legado de Marx y Engels. Y fue apoyado por las masas que siempre andan necesitadas de caudillos pendencieros y “huevones”.

Con la muerte de Chávez, se ha desplegado una sarta de demagogos en el continente. Su objetivo es llegar, vencer y quedarse con el poder por un milenio, mientras prometen alcanzar el sueño de la utopía de la igualdad y el desarrollo. La utopía como tal, nunca llega, pero sí las delicias que ofrece la silla imperial. Daniel Ortega y Rosario Murillo son el mejor ejemplo, aunque en Venezuela, Nicolás Maduro y su equipo de “new rich” no se quedan atrás.

Y con esa mala praxis -como dicen los cirujanos-, los demagogos latinoamericanos -de derechas y de izquierdas, advertimos-, se han defecado sobre las vidas de millones de desafortunados que confían en las consignas mesiánicas, creyendo que la salvación llegará con las promesas del combate a la corrupción y la pobreza. Lo que vemos hoy día no es más que un fraude ideológico y una ristra de promesas fallidas que jamás se cumplirán.

Las creencias revolucionarias de las izquierdas -incluyendo el socialismo versión 5.0-, así como las doctrinas desteñidas de la derecha, esto es, el nacionalismo y el liberalismo, les importan un carajo a los políticos de hoy. El “#somosLaResistencia” en Chile o “Colombia despertó” no son más que estrategias manipuladoras de grupos poderosos que esconden bajo la mesa una agenda política accesible solo para la cúpula del partido. Las masas se convierten en simples marionetas de esos grupos que sueñan con gozar de las delicias que otorga el poder, que van, desde el narcotráfico hasta los negocios personales.

Puestos en el poder, los objetivos estratégicos de la izquierda y la derecha son similares, aunque los “drivers” estratégicos sean diferentes: abultar el aparato burocrático a punta de impuestos, mantener contentos a los grupos de correligionarios, repartir la plata a diestra y siniestra y controlar los poderes del Estado. Sin esos elementos disuasivos, no sería posible prolongarse en el poder. ¿No tenía razón el viejo Nicanor Parra?

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