lunes, febrero 26, 2024

Hacia un golpe contra el Estado

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Juan Ramón Martínez

El desacuerdo entre las fuerzas políticas, la falta de obediencia a las reglas democráticas, el privilegio de la razón del poder, en contra del poder de la razón; y el que nadie tenga escrúpulos en hacerle daño a Honduras y a los hondureños, son indicaciones que nos encaminamos hacia el golpe contra del Estado de derecho. Igual que en 1904, y 1954, ahora es probable que se cierre el Congreso Nacional; y, el gobierno sea dirigido por una persona a título de Jefe del Estado; y que su mando se efectué por medio de decretos, aboliendo la Constitución de 1982. Esta, entre sus fortalezas, tiene un artículo, el 375 que establece que nadie puede derogarla, incluso “usando la fuerza bruta” como parece ser el método que se insinúa. Con la diferencia que los constituyentes que la redactaron creyeron siempre, que la amenaza a la vigencia de la Constitución, estaba vestida de uniforme militar. Nunca imaginaron que un civil, podría atentar en su contra. Esta es la sorpresa. Los civiles, son los golpistas. Y, parece que, casi siempre lo han sido. Manuel Bonilla, era general de cerro; y, él que provocó y animó el de 1904, fue Policarpo Bonilla. Los dos, miembros del Partido Liberal. Uno moderado; y, el otro, “panterista”. Después, vendría Zúñiga Huete.

El golpe de Estado de diciembre de 1954 -igual que las guerras civiles de 1903, 1919 y 1924- fue el fruto del desacuerdo entre las facciones partidarias, disfrazadas de partidos. Un análisis del más cercano, -el de 1954-, puede ayudar a entender a las nuevas generaciones, como la sociedad hondureña ha sido incapaz de crear, unas elites políticas modernas, subordinadas a la obediencia de la ley, con elevada conciencia de servicio público; y, ánimo vocacional de construir una mejor nación en lo que ha sido la provincia de Centroamérica más desafortunada, “la cenicienta”, sin posibilidad de conseguir algún día su “príncipe azul”. De repente, esta falta es culpa de las universidades que, no han podido formar líderes democráticos, comprometidos con los objetivos nacionales y sensibles al hecho que cada hondureño, viene a la tierra a cumplir una misión, caracterizado por sus contribuciones al bien común.

En octubre de 1954, hubo elecciones que ganó el Partido Liberal. Villeda Morales, no logró la mayoría absoluta que exigía la Constitución de 1936. Ninguno de los partidos, logró mayoría de diputados en el Congreso a instalarse el 5 de diciembre. Este Congreso, debía elegir al presidente de la República, entre Carías y Villeda Morales. Las negociaciones fueron intensas. Williams y Gálvez, no querían a Carías; y, menos a Villeda. Carías, no aceptaba a los reformistas y temía, con razón que, si el Congreso no elegía, le tocaba hacerlo a la Corte Suprema de Justicia que, para entonces, estaba encabezada por Juan Manuel Gálvez e integrada por mayoría de miembros del reformismo. Willauer, embajador de Estados Unidos, hizo un mal papel. Su anticomunismo visceral, le hacía rechazar a Villeda Morales, favoreciendo a Williams, que no tenía posibilidad, porque no había logrado estar entre los dos más votados. Pero sus dudas, chismes y rumores, dieron fuerza a Carías, que ignoraba que estaba en las últimas; y que, no tenía posibilidad alguna. Al final, ocurrió lo inevitable: no se instaló el Congreso, por la ausencia de la mayoría de los diputados -entonces eran obligadas las reglas elementales de la aritmética y la mayoría sabía multiplicar hasta la regla de doce- porque a la cámara, solo llegaron los 23 diputados liberales que, a las doce de la noche, se retiraron. El régimen de derecho se había roto. Julio Lozano Díaz, elegido vicepresidente en 1948 y sucedido a Gálvez, cuando este, argumentando “problemas de salud”, renunció del cargo, asumió los poderes del Estado, como Jefe del Estado, gobernando por decretos. Por el golpe, el poder se concentró en manos de un hombre y su camarilla.

Si no se instala la tercera legislatura el 25 de enero a más tardar las 12:00 p.m., se producirá un golpe de Estado. Y Xiomara Castro, asumirá todos los poderes, prolongando su mandato, llevándonos a elecciones en las que, se instale una Constituyente. Que puede hacer cualquiera cosa. Hacia allá nos dirigimos. En 1954, no teníamos Fuerzas Armadas. Ahora las tenemos. Pero de rodillas. Lo que le permite a “Mel”, la estocada final.

 

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