domingo, febrero 25, 2024

Ganando; y, ¡por goleada!

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Juan Ramón Martínez

“Mel” Zelaya, ha avanzado, en terreno abierto, imponiendo su voluntad. En una campaña relámpago, que recuerda las tropas de Hitler en 1939 en Europa, ha logrado, romper la unidad de la oposición; someter a su voluntad al Partido Liberal -el que controla por medio de Flores y Rosenthal-, poner a la defensiva al Partido Nacional, dominar al Congreso y prepararse para el golpe final: la toma del Tribunal Superior de Cuentas, la Unidad de Política Limpia; y, por medio de la legitimidad de los actos de la Comisión Permanente, nombrar en propiedad a los fiscales interinos. Solo le restaría, para rematar la faena, el control de las instituciones electorales -en donde “domina” dos a uno, en su favor, con el apoyo del Partido Liberal- para darle oxígeno a la candidatura de Rixi Moncada, garantizando los resultados electorales de noviembre de 2025.

Por supuesto, al margen del partidarismo, tiene  pendiente concluir la división de los católicos y evangélicos, todavía sin consolidar. Calmar la ansiedad de la empresa privada. Apagar los carbones de la insubordinación de Jorge Cálix. Engañar a la comunidad internacional, disminuyendo el ingenuo entusiasmo pro chino de algunos grupos marxistas “cubano-hondureños”; y, reparar las deterioradas relaciones con Estados Unidos. En fin, lo más difícil: calmar la frustración popular desbordada en estos dos años de partidario régimen bicéfalo, distante e ineficiente; y ganar, de la forma que sea, las elecciones de 2025, incluso recurriendo al fraude, con complicidad del Partido Liberal.

No todo es mérito suyo. Hay mucho de aprovechamiento de las debilidades morales de sus adversarios; los errores de los gobiernos de JOH, -(el juego de doble agente de este con los Estados Unidos)-, las fracturas existenciales del Partido Liberal, su ausencia de liderazgo alternativo; y el declive de la sociedad que, después de 60 años, está en manos de una generación  mecánicamente comprometida en demoler la institucionalidad democrática  iniciada por la generación “villedista” de 1957. Anulando los avances de los regímenes de Azcona, Callejas y el antireformismo militar de Reina, de los noventa. Desde 1982 hasta la fecha, el país no ha logrado mantener una marcha que le permita consolidar la soberanía popular, colocar al gobierno al servicio del bien común, romper las bases de los obstáculos que impiden el desarrollo capitalista, someter al sistema político a los objetivos de desarrollo nacional y, sacar de la pobreza, a la mayoría de los hondureños. Por el contrario, la institucionalidad democrática ha sido afectada en el periodo. El gobierno ha crecido desmesuradamente, convirtiéndose en un “leviatán” incontrolable que, amenaza la libertad; favorece el desarrollo de una “casta” parasitaria, poco comprometida con los objetivos nacionales. Y, sin más interés -por su incultura y avasalladora mediocridad- por destruir las obras de los reformistas liberales dirigidos por Villeda Morales, en 1957-63; viviendo parasitariamente de las remesas. Ha aprovechado, muy bien, estas debilidades. Su talento ha sido usarlas, para desde la cresta de la ola de la indefensión, sentar las bases de la primera dinastía familiar de la historia nacional.

Haber “liquidado” al Partido Liberal, poniendo en evidencia el conservatismo de sus líderes -Rosenthal, Flores, Segura y García-; y, engañar a Nasralla, al que le ha quitado el 50% de su bancada, con solo el olor de los billetes con la efigie de Ramón Rosa, tiene un alto valor. Administrar el éxito, asegurando las conquistas por la acción irregular de la compraventa, con todo, no es fácil.

Por ello anticipamos: problemas de unidad en Libre. Resistencia de las bases liberales; y fuertes reacciones del PN, al que, pese a sus esfuerzos, no podrá doblegar. O, apagar el riesgo de rebelión popular. De repente, el mayor reto: convencer a la comunidad internacional, -que vigila los procesos electorales-, que puede hacer fraude, sin que lo pillen.

Su éxito es innegable. Sin embargo, no será fácil construir una alternativa alrededor de Moncada, -más allá de los acuerdos interfamiliares-; frenar la embestida del Partido Nacional, sin ceder espacios en sus líneas. Neutralizar la rebelión popular de los pobres engañados; y convencer a los cachurecos que, nadie les perseguirá. Porque, en la retaguardia deberá enfrentar la inevitable vergüenza de los liberales entregados por Rosenthal y Flores, a sus fincas.  Gana; pero pone todo en riesgo. Incluida, la tentación del uso del terror, contra sus adversarios.

 

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